
Las cortinas de mi casa siguen una rutina determinada por el transcurso del sol. Yo, por supuesto, me la sé de memoria; también la especie local de lagartijos que sigilosos esperan al cierre de la temprana noche, para explorar los resquicios de entrada, protegidos por la cobertura de la tela.
Tengo una larga colección de dulces historias de las décadas en que fui maestro escolar, las cuales nunca imaginé irían poco a poco, en la arrolladora era del aprendizaje virtual, pasando a ser añoradas leyendas de los antiguos que van desapareciendo. Es como estudiar a Sócrates y saber que ya nadie va al mercado a hacer filosofía, a pesar de que los espacios físicos de compra y venta aún existan.
Esta vez los pueblos del mar, los destructores de civilizaciones, vienen de otras partes, como de costumbre inesperados, resguardados bajo lo que pensamos era nuestro escudo, quizá escondidos dentro de lo establecido con su máscara de riqueza vendida como sabiduría para los que nada tienen, tal vez como profetas de un anticuado milenio aún deseando otra oportunidad, quién sabe si como intermediarios que predican moderación y elegancia como su carta de poder. En fin, la latente convulsión que se aproxima, cuando más se imaginaba dejada atrás. El amenazador largo regreso de las cenizas anticipando el viejo y doloroso ritual de la reconstrucción, en un turbio triunfo de alguna idea malsana de la evolución, repitiendo el esfuerzo de hallar el terreno adecuado para la pequeña acequia que nos vuelva a conectar, con el viejo río que nos asentó y tan lejos ahora está.
