Una Babel común

Para los antiguos egipcios que momificaban a sus muertos, el cerebro era, por tener poca importancia, extraído por las fosas nasales y desechado. El corazón sin embargo, centro del carácter humano, debía cuidadosamente ser preservado, en especial si deseaba, como era el propósito del ritual, asegurar el apropiado paso hacia la otra vida.

Siempre tan suyos y originales los antiguos egipcios, capaces de construir una realidad que, escalón sobre escalón, cada vez más alto e increíblemente único, como las pirámides, podían prescindir de la influencia externa y, si acaso se filtraba, era transformada en la versión local de lo otro, heredándonos una historia tan mágica y misteriosa, tan fina y deseable de imitación, que hasta nuestros días impulsa nuestros adentros hacia la grandeza de la nación, junto con la maldición de un nacionalismo que en su victoria, se nos hace aún casi imposible desechar la aversión por lo diferente. Un comportamiento al que no parece llegarle su hora, su desaparición, para poder construir la más alta de todas las elevaciones hasta hoy imaginadas, la visión de la raza humana en su totalidad como igual, y a la misma vez suficientemente única en sus variantes, como para querer cultivar todo lo que nuestro corazón es capaz de amar, en favor del beneficio mutuo. En otras palabras, un chovinismo global que impulsado por el orgullo, nos lleve a cuidar y proteger a cada uno de sus miembros, en un proyecto del cual sería virtualmente imposible predecir, la interminable pirámide capaz de erguir.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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