
Un viejo bote cansado de navegar, dejaba que los cangrejos de la orilla descascararan poco a poco su barriga. Era la fragmentada dudosa certeza de un fin deseado y aceptado, pero a la vez con la última esperanza de que la soga de condenado partiera inesperada por lo más fino, aunque fuera solo para regalarle algunos añadidos minutos de carrera en alta marea, antes de que el sol lo acribillara a tiros. La decapitada serpiente en la proa, de cuerpo firme como en su primer día en la frente del tardío faraón, orgullosa representaba la milenaria herencia de un Egipto en ruinas. Con la poderosa metáfora del dios crucificado había cruzado el Pacífico, en la certidumbre de una gloria que acabó la lanza del indio. Perdido en el capricho de los vientos fue que llegó hasta aquí, donde la falta de cualquier otra embarcación le hacía idealizar los días de puerto ocupado, repleto de todos los similares que iban y venían, en especial aquella bella transportadora a la que lleno de felicidad decidió seguir, para acompañado, con el tiempo terminar sintiéndose que navegaba solo. La misma historia de su creador, aquel carpintero de ribera que a diario llegaba al astillero solo, derramándole el monólogo de la casa de donde era, que aunque llena, ya ni desayuno le servían. Había terminado como el, que por razones desconocidas, aún navegaba para aquella hermosa barcaza que cercana era distante, y que en un breve día le floreció la vida. A lo lejos presentía la fogata, ofreciendo cínica su calor. Cuando los niños a su alrededor, corrieron a desmantelarlo, para a su alegría de candelas seguir alimentando.
