
Pienso debo dejarlo todo preparado. He adelantado mucho, pero no puedo terminar la tarea pues sigo viviendo, y hay cosas que son más efectivas para el beneficio de la familia, si continuo trabajando en ellas como si aún no fuera el fin. Asi, en el esfuerzo por hacer más, algo tendrá que quedarse sin hacer.
En ocasiones repaso la creciente lista de los cercanos que se fueron. Comenzó a llenarse más temprano de lo esperado con iguales y la inevitable pregunta, por qué no yo. Así fueron pasando los años y acumulando los nombres y yo aquí.
Recuerdo ir al cine con mis padres a ver “Odisea del Espacio 2001,” de la cual todos hablaban. Con el tiempo no entendí como una película tan avanzada podía romper taquillas en aquellos días y hoy solo lo mediocre vende. De niño tampoco comprendí la historia y mucho menos el final. Saber que era la condición más común no ayudó mucho, hasta que escuché el autor que, cansado de siempre la misma pregunta dijo en una entrevista, “lean el libro.” Nunca conocí a nadie que lo haya hecho, pues parece que lo encontraban muy largo y hallaban mejor seguir preguntando. Pero yo sí lo hice, con el gran placer de un texto que le encajó sentido a toda la trama. Tendría unos siete años y lo primero que se me ocurre era calcular mi edad en el año 2001. El resultado me sorprendió por lo viejo que estaría para cumplir mi sueño de ser astronauta. Escribo esto en el 2026 y la pregunta es, cómo rayos es que aún estoy vivo. Es cierto que cuido de mi salud y dieta, pero eso es algo reciente. La mayoría de mi existir fue uno de amor al riesgo, haciéndome jugar con la increíble idea de que me cuida un ángel. Por esto es que también me siento a hacer inventarios y reparticiones mentales, pero no sin añorar los gloriosos y juveniles años cuando tenía cuarenta, en el 2001.
