
La multiplicidad de voces no es tal, cuando todas dicen más o menos lo mismo. Un agobiante proceso de convergencia que amenaza una vida que es capaz de persistir, solo evolucionando sobre la mutación, el novedoso ángulo que propone la inesperada salida al estancamiento que todos pretenden saber resolver, repitiendo lo ya harto dicho; la insistencia como preámbulo a la extinción.
Para cuando los sumerios escribían su lenguaje en tablas de arcilla, cinco mil años atrás, los glifos que los griegos-macedonios grababan en madera tenían ya dos milenios de antigüedad. Pequeña novedad que imprevista, determina aún nuestros días, muy probablemente incluyen el hecho de que todavía estemos aquí. Sin embargo lo escrito ha llegado a un punto de saturación que lo ha hecho ineficaz y, atrapado en una viciosa circularidad de argumentos y contraargumentos comprometidos a no ceder, crean un paralización que exige a gritos el rescate de una nueva manera de pensar y comunicarse. En otras palabras, el necesario final de la letra como la conocemos, y la apertura a algo que aún no podemos estar seguros de lo que es, pero sí entendemos que no se encuentra en el pasado, ni much menos en el presente. Algo que la hiperactividad del conocimiento acumulado, destilado hoy por la inteligencia artificial y agotando así la grafía, abre el terreno desierto para que la expectativa se satisfaga súbita, en lo necesariamente diferente, llevándonos a un plano de comunicación y reflexión nunca antes alcanzado; un nuevo canon.
