
El día quiso negarse el sueño, condenándose a vivir corriendo, aterrado del tropiezo vencedor que lo obligara a caer durmiendo. La oscuridad, de naturaleza similar era igual de veloz, y también gemía de tristeza cuando claridades confabuladas hacían parecerla de día; por esto odiaba a la modernidad. La batalla nunca era pareja, pues se liberaba en diversos campos en donde días largos se alternaban con reducidas horas nocturnas, hasta que la ciencia se dio cuenta que en el polo opuesto pasaba lo mismo, pero al revés.
Contrario a lo que parece obvio, la noche está inundada de vida. Un homúnculo, por ejemplo, era capaz de comenzar en la oscuridad del vientre, y aún así, terner desde un principio todos los atributos humanos que solo necesitan alimentarse y crecer. Ya nadie promueve tal génesis, sin embargo, la idea de que la vida —junto con todo su milagroso carácter— comienza en el momento de la concepción, permanece fuerte en la dicotomía que los tiempos asignan al papel de la mujer. Nacer por el contrario, como quien sale de las tinieblas es dar a luz, pero no en todas partes. Hay culturas que consideran el evento una sanación, contrapuesto a los vitando nueve meses de andar mala.
El entendimiento requiere tiempo. Solo así podemos revisar eventos y comenzar a entender lo que pasó, haciendo de todo saber instantáneo algo altamente sospechoso. Es como si el reloj fuese recogiendo en su paso la información dispersa sobre las cosas, haciéndonos pensar que la pone a nuestra disposición. Un conocimiento que quizá siempre estuvo ahí, pero que su cantidad y profundidad es tal, que sería imposible recibirla toda de golpe. Somos así diseñados para el camino. La inevitable jornada que toma, pero que también, sin muchas veces saberlo deja, para a los que vengan detrás se les haga más difícil acumular, o quizás más sencillo distinguir, los patrones generales del comprender.
