
De niño, intuitivo e inconsciente, reescribía las partes que me gustaban de algo que leía o escuchaba, para luego recitarlas en voz alta o en silencio memorizarlas, y repasarlas cuando andaba solo al hogar, camino de la escuela, o en las noches antes de quedarme dormido. Ya en la universidad, en mis clases de cálculo, tenía dos sets de libretas. Una con la que tomaba notas en el aula y la otra, para con calma transcribir las ecuaciones al estudiarlas, la mejor manera que hallaba para entenderlas.
Todo sueño es un ideal que nunca se alcanza por completo, y toda ilusión que permanece lejana es porque no se le ha soñado en su totalidad. Abandonar cualquiera de los dos polos que determinan nuestro existir sería dejar de ser, y quienes lo han hecho así lo han demostrado. Por esto la palabra escrita intenta preservar la inmutabilidad de lo dicho, para inmediatamente darse cuenta que el pensar que la produjo no acepta barrotes, cuando incontenible se escapa en la interpretación de los ojos que la leen y al hacerlo, la piensan. Entender entonces lo anotado, lo memorizado, no es más que ofrecer la libertad a una palabra que siempre la procura paciente, aunque tenga que esperar cuatro mil años, en la oscuridad de una tumba egipcia.
Es el ancla que siempre ha vivido cerca. Hasta que un día llega la muerte y nos despierta. Aparecen indefinidos los amaneceres y en la amistad se cosecha ahora la sospecha. El tiempo se detiene mirando todos los relojes. La desolación que forja su resurrección inevitable, en el sonido que brota de los adentros ansiosos por comunicarse; el regreso del vocablo, y en el encerrados, todos los significados.
