Lo imparable

De niño, intuitivo e inconsciente, reescribía las partes que me gustaban de algo que leía o escuchaba, para luego recitarlas en voz alta o en silencio memorizarlas, y repasarlas cuando andaba solo al hogar, camino de la escuela, o en las noches antes de quedarme dormido. Ya en la universidad, en mis clases de cálculo, tenía dos sets de libretas. Una con la que tomaba notas en el aula y la otra, para con calma transcribir las ecuaciones al estudiarlas, la mejor manera que hallaba para entenderlas.

Todo sueño es un ideal que nunca se alcanza por completo, y toda ilusión que permanece lejana es porque no se le ha soñado en su totalidad. Abandonar cualquiera de los dos polos que determinan nuestro existir sería dejar de ser, y quienes lo han hecho así lo han demostrado. Por esto la palabra escrita intenta preservar la inmutabilidad de lo dicho, para inmediatamente darse cuenta que el pensar que la produjo no acepta barrotes, cuando incontenible se escapa en la interpretación de los ojos que la leen y al hacerlo, la piensan. Entender entonces lo anotado, lo memorizado, no es más que ofrecer la libertad a una palabra que siempre la procura paciente, aunque tenga que esperar cuatro mil años, en la oscuridad de una tumba egipcia.

Es el ancla que siempre ha vivido cerca. Hasta que un día llega la muerte y nos despierta. Aparecen indefinidos los amaneceres y en la amistad se cosecha ahora la sospecha. El tiempo se detiene mirando todos los relojes. La desolación que forja su resurrección inevitable, en el sonido que brota de los adentros ansiosos por comunicarse; el regreso del vocablo, y en el encerrados, todos los significados.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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