Cuentos de amor y desamor

Parecería que solo la eternidad es eterna, pues todo lo demás cambia, haciendo del cambio algo también eterno, excepto por el hecho de que el cambio varía, lo que implica que la eternidad no siempre es la misma cosa, ya que para poder serlo, no podría haber cambio.

Se ama porque sí, prescindiendo de narraciones que maticen, evitando el cálculo y la investigación del cariño que terminan siempre en contradicciones; paradojas con sentido, sin explicación ni salidas. Pienso que el mejor modelo para medir y comparar todos los amores es, el que siento y practico por mi hijos. No me considero único ni especial en esta tierra. He visto a mis cabras y patos ponerse entre medio de la muerte y sus crías.

Herodoto, que como todos los que le siguieron, inventaba historias basadas en los resultados de sus investigaciones, convencido de la imparcialidad que le daba su falta de prejuicios, contaba que luego de la batalla de Pelusio, en el noreste del gran delta, entre las fuerzas de los persas y su rey Cambises II, y las del faraón de la vigesimoséptima dinastía, Psamético III, casi un siglo después aún podían hallarse en el campo de guerra cráneos de los muertos en el conflictos, pudiendo diferenciar entre locales y extranjeros, por lo fácil que una pequeña piedra abría agujeros en los restos persas, mientras que en los egipcios se necesitaban piedras de enorme tamaño para similar daño. Era su forma tan griega de describir la fragilidad persa, junto con lo cabeciduro que eran los egipcios.

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Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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