
Aprendo a no desesperarme por leer lo nuevo, pues con el tiempo se descubre que la mayoría son reescritos de lo publicado. Lo sé porque desde las primeras páginas, a veces oraciones o palabras, caigo en cuenta o me dejan ellos saber, que lo dicho viene de Nietzsche, o de Homero y así por el estilo, y es allá donde termino, luego del rápido abandono. En otras palabras, ellos reescriben y yo releo lo antiguo, en un proceso que va señalando y confirmando el canon. Un mal que crece con la cercanía de lo deseado, entendiendo por lo regular muy tarde, y negando por vergüenza que la felicidad estaba, en la imposibilidad de perder lo que no se había acumulado.
Sería falso decir que no hay talento innato. Pero el caso fue tan pequeño, al irlo comparando por el camino, que lo poco que se admira es justo y hubiese sido cercano a inexistente, de no haber sido rigurosamente cultivado. El editor, así como el galerista, suspiran el intento de balancear dioses y demonios. Para los que aman y saben de arte y literatura —a menos que tengan grandes fondos a su disposición—, la batalla entre mercado y belleza que se desarrolla en sus corazones es capaz, y se ha visto, de destrozar al más habilidoso de los seres y, para incrementar el tormento, las vidas también de los que en ellos dependieron.
Hay quienes insisten en exigir la verdad; casi siempre los mismos que requieren el plan, las razones y la evidencia del producto final. Es un listado insufrible para quienes viven enamorados de la imaginación y la emoción, pues para colmo de males son los severos los que reclaman fidelidad, a la mente y el corazón.
