
Podría herir mis dedos y escribir con sangre, como la araña, que crea su casa o la trampa, con flujos de su propio cuerpo. Pero lo hago con ideas que aunque parezcan etéreas, salen también de mis adentros. Lo sé pues luego de varias horas leyendo y escribiendo, me siento agotado, como si energía hubiese salido de mis huesos. Océano que abraza vida en sus adentros, expulsando carcasas en sus orillas que en infinita arena, con el tiempo, se van convirtiendo.
Leer las apasionadas descripciones etimológicas con las que se entusiasmaba Borges, fue siempre motivo de inspiración para mis propias y plancenteras indagaciones, creyendo que también había descubierto el camino al significado real de las palabras, hasta que leí el Crátilo de Platón y entendí que solo repetía la antigua visión del lenguaje ser algo dado por una naturaleza que lo ataba a su origen, en lugar de un producto de seres con capacidad para asignar vocablos y expresiones viejas, a totalmente nuevos e inesperados objetos y situaciones. Un atento recorrido por cualquier idioma verá con facilidad los imaginativos usos locales de palabras heredadas siglos atrás. Los puertorriqueños somos maestros de tal destreza y, al vivir ahora entre ilocanos confirmo, con sus inesperados usos del español colonial, lo lejos que puede ir una palabra en boca de los humanos, en su proceso de desligarse de su “cuna natural,” si es que alguna vez hubo tal cosa.
Trabajar en lo que provoca regocijo es un derecho universal, que garantiza el máximo uso de los talentos de cada persona. Sin embargo, una lógica tan sólida apenas tienes posibilidades en un mundo donde las fuerzas de los vivos son cultivadas, en función de un proyecto destinado a cumplir los placeres de otros. Así parece no haber diferencia, cuando de profunda emoción se trata, entre los poemas del amor y los del terror. Mas si no fuera por el dolor, que su ausencia me causaba, escogería saber el miedo, antes que empalagarme el pensar, en la comodidad del cielo.
