
De joven, Jean-Victor Poncelet estudió matemáticas en Francia, permitiendo que su entusiasmo napoleónico lo viera como parte de la fracasada incursión rusa. Arrestado, encarcelado y condenado a muerte, pasó dos años en las cárceles del zar profundizando sus investigaciones en geometría proyectiva, logrando matematizar lo que comenzaron los pintores renacentistas con su arte, creando todo un nuevo campo que hasta el día de hoy se enseña.
Apostar todo con la posibilidad de perderlo es la única jugada sana del joven corazón. El dolor se hace parte importante de la vida y junto con el aprendizaje uno se recupera. Retraerse es quedarse con lo mismo, en el mismo lugar, lo cual suele funcionar solo al final, cuando el tiempo que queda es poco. La ruleta de la juventud paga treinta y seis por uno.
Tuve un escritorio donde en su superficie había una pequeña pila de sobres nuevos para la correspondencia pendiente a enviar, junto a un paquete de libretas de papel legal con líneas y un vaso o taza con lápices y bolígrafos. La mayoría de mis amigos escribían cartas que mandaban en su versión original, esto es, sin correcciones. Yo acostumbraba a escribir borradores abiertos a múltiples revisiones, antes de sellar la final. Largas conversaciones acerca de los beneficios o exageraciones de una u otra estrategia eran comunes. Una amiga una vez insistió en el valor de preservar la ocurrencia primera, pues por algo así se concibió y el recipiente tenía derecho a esa ventana. Por un tiempo, estremecido por lo dicho, compartí los flujos que regalaban la honesta frescura de mis primicias; pero solo por poco tiempo, pues casi enseguida regresé a la maquinaria de la molida reflexión, rescatándome con el tiempo la lectura y práctica de la poesía, con sus interminables ejercicios de fugaz revelación, junto con la trabajosa espera por la palabra perfecta.
