
Henry James recomendaba no escribir sobre sueños propios, a menos que se quisiera perder lectores. Pero no es ley universal.
En estos días leía lo que muchos consideran un clásico de las pasadas décadas, de una reconocida autora que me fascina, por la detallada descripción de los alrededores en que se desarrolla su novela y las reflexiones de el personaje principal mientras los observa, hasta que en la extensión que comenzaba a considerar excesiva —recordándome la aversión de Borges a las narraciones innecesariamente largas—, aparece, rompiendo la creciente monotonía de la historia, un evento que parece a la vez real y salido de un sueño, que me mantuvo pasando páginas en el momento justo en que casi estaba a punto de abandonarla. Difícil pensar con la mente de escritor y decir que fue la exclusiva casualidad la que colocó tal inflexión en el texto, cuando este más lo necesitaba.
Siempre que en la homogeneidad del terreno encuentre hongos de impensables colores que aquí y allá acentúan el paisaje, sé que en el fondo está saludable, que los árboles y plantas se comunican, y que en caso de que halla alguna área en necesidad, en especial ahora que ya llegó el tiempo seco, todos los seres que verdes y marrón, altos o pequeños viven de pie sobre la tierra, compartirán nutrientes para el beneficio total de la comunidad.
Los romanos habían decidido destruir a Cartago. Una comunidad con costumbres y pensamientos orientales no sería permitida en las proximidades del vecindario; el mar que les pertenecía. Algunos dos milenios atrás, las mismas presentes campanas de desprestigio —estudiadas en todas las academias militares— contra países extranjeros que necesitaban tomarse y ser “rescatados,” eran y son escenciales para la solidificación del apoyo popular. Por ello la historia de madres cartagineses que incineraban a sus hijos en ceremonias destinadas a pacificar a sus dioses fue impulsada, y exitosamente aceptada por la población del imperio y, más aún, repetida por historiadores y arqueólogos que, hasta años recientes encontraban tumbas de niños calcinados en las excavaciones de la antigua ciudad. No ha sido hasta hace poco que se han releído correctamente los hallazgos y, siendo que Cartago padecía de la misma alta tasa de mortalidad infantil que el resto del mundo antiguo, los restos no eran parte de una antiguo lugar de ceremonias sacrificadas, sino simples cementerios de niños. La eventual y última derrota de una uniformidad que el imperio luchó por perpetuar, frente a la inevitable fragmentación.
