
Un viento atravesando el desierto no está solo, ni desapercibido. Su felicidad toma forma en la construcción de la duna. La belleza hecha estilo y paciencia en la curvatura. El paso suave de la sombra en contraste con los rojos y amarillos del otro lado. Qué mundo tan insípido nos ha dejado el triunfo de los mercaderes. La simpleza pensándose sabia, sin siquiera tener un centavo. Hasta que la pesadilla inexplicable aparece frente a los ojos que estrujamos, asegurando que tan solo es pasajero. Los límites de un tablero de ajedrez encierran las posiciones del universo, y cada movida tomaría una eternidad pensarla completa. Solo nos resta el instinto, y la manera más fácil hacia la perdición es abusándolo. Sé que los árboles tienen raíces pues las he visto. Pero el detalle individual existe a escondidas; el peso de la voluntad y el sostenimiento que ofrece lo oculto. Es el temor al infinito lo que nos mueve a cuantificarlo, en la esperanza de hallar lo fundamental. Sin embargo, ninguna dirección tiene fin, y la dicha del camino que no requiere detenernos, debe ser suficiente para continuar. La alegría que se escarba y sin notarlo, se va impregnando como polvo sobre la piel. El error está en sacudirla, la mentira de la limpieza. La emoción de una biblioteca de oraciones, no de libros. Partículas de densidad creativa que nos invitan a pensar sintiendo. A poner en movimiento una vida de recuerdos que barajados de mil formas diferentes crean las nuevas semillas de una inesperada evolución.
