
Cansado de los mismos cómo, los dónde y los por qué que siempre buscan ubicar los inconfesos prejuicios hacia los que encontramos, aproveché para entablar una conversación que los desechaba, con la atractiva mujer que la casualidad había sentado a mi lado, en el vuelo entre Hong Kong y Narita, Japón. La conexión fue inmediata y la intensidad y profundidad de los temas discutidos hizo que cada minuto de las poco más de cuatro horas de viaje pasaran de manera muy placentera. Las veces que recuerdo el evento pienso en lo bien que logramos conocernos, intercambiando puntos de vista sobre política, cultura, educación, economía, el futuro, el presente, lo dejado atrás, la familia y, por supuesto, relaciones humanas y amorosas. Luego del aterrizaje, que no era más que escala para ambos conectar diferentes vuelos hacia separadas direcciones, nos despedimos calurosamente. Ella no preguntó mi nombre y mucho menos formas de contacto. Hice lo mismo. Desconozco sus razones, pero a mí me ayudó saber que en Hong Kong acababa de conocer a la que sería mi esposa, madre de mis hijos y feliz determinante de —hasta ahora— los próximos veinte años de vida.
Preguntar cómo serían las cosas si los árboles caminaran, es no haberse visto a sí mismo, ni a la humanidad que le rodea. Siempre ansiosos por echar la amada raíz y sin embargo aventureros, que no sabemos deseando, como quedarnos en el mismo sitio. La esquizofrénica cualidad de querer ser todo y estar en todas partes al mismo tiempo. El impulso por llegar cada vez más rápido y más lejos, desapercibidos la mayoría del tiempo de notar el rostro propio viniendo de regreso con la interrogante inicial expandida, en la tranquilidad de muchísimas más preguntas.
