Procurar lo jamás perdido

Detail from “A Sunday Afternoon on the Island of La Grande Jatte” (1884) by French artist Georges Seurat

Cansado de los mismos cómo, los dónde y los por qué que siempre buscan ubicar los inconfesos prejuicios hacia los que encontramos, aproveché para entablar una conversación que los desechaba, con la atractiva mujer que la casualidad había sentado a mi lado, en el vuelo entre Hong Kong y Narita, Japón. La conexión fue inmediata y la intensidad y profundidad de los temas discutidos hizo que cada minuto de las poco más de cuatro horas de viaje pasaran de manera muy placentera. Las veces que recuerdo el evento pienso en lo bien que logramos conocernos, intercambiando puntos de vista sobre política, cultura, educación, economía, el futuro, el presente, lo dejado atrás, la familia y, por supuesto, relaciones humanas y amorosas. Luego del aterrizaje, que no era más que escala para ambos conectar diferentes vuelos hacia separadas direcciones, nos despedimos calurosamente. Ella no preguntó mi nombre y mucho menos formas de contacto. Hice lo mismo. Desconozco sus razones, pero a mí me ayudó saber que en Hong Kong acababa de conocer a la que sería mi esposa, madre de mis hijos y feliz determinante de —hasta ahora— los próximos veinte años de vida.

Preguntar cómo serían las cosas si los árboles caminaran, es no haberse visto a sí mismo, ni a la humanidad que le rodea. Siempre ansiosos por echar la amada raíz y sin embargo aventureros, que no sabemos deseando, como quedarnos en el mismo sitio. La esquizofrénica cualidad de querer ser todo y estar en todas partes al mismo tiempo. El impulso por llegar cada vez más rápido y más lejos, desapercibidos la mayoría del tiempo de notar el rostro propio viniendo de regreso con la interrogante inicial expandida, en la tranquilidad de muchísimas más preguntas.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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