
La belleza del desnudo recién bañado, el bebé de meses o la mujer, y unas prendas que ansiosas esperan atrapar sus perfumes. Centro hacia el que se dirige un par de ojos, que pueden ser y son todos los ojos del mundo.
Yuja Wang haciendo su entrada a la sala de conciertos, hermosa, desplegando la sensualidad de un traje que reta toda formal convención de esos lugares, junto al silencio de la potencial crítica con el conocimiento y la admiración de haberla escuchado antes. Para los que no, es solo cuestión de un minuto, hasta que ponga el primero de sus increíblemente talentosos dedos sobre la tecla que abrirá la puerta de un despliegue de virtuosidad que complementará, a la vez que palidece, el resplandor que inundó el recinto con su irrupción.
Mis hijos esperaban a Santa Claus con ansias e ilusión dignas de ser observadas. Por eso mi esposa y yo, luego de haber puesto los regalos bajo en árbol tarde en la noche, hacíamos el esfuerzo de levantarnos bien temprano, antes de que ellos despertaran, solo por el puro placer de grabar sus rostros en la memoria, en el momento que confirmaban que Santa sí existía. Con el pasar inevitable de los años, y la confesión de que ellos ya sabían que todas las prendas navideñas venían de nosotros, una cierta duda inundaba mi mente preguntándose si había sido correcto engañar a nuestros niños. Hasta que entendí que ellos también a su tiempo harán lo mismo, incapaces de negarse la felicidad mutua de también disfrutar viendo felices a sus niños.
