
Escribí abracadabra al tope del papel. Repetí luego la palabra mágica en la segunda línea, pero quitándole la última letra. Continué el procedimiento en la tercera línea, sin incluir las últimas dos letras del original, y así sucesivamente, cada vez con una letra menos que la anterior, hasta que el temor desapareció por completo. Según indicado en la receta antigua, enrollé el talismán en forma de cono, sellándolo con goma y pelo de gato. Camino al encuentro me sentía inmune, con mi nuevo amuleto colgando de la cadena en el cuello.
El amor encubre los pronosticados futuros donde los “te quiero” disminuyen a la par con el dinero. Aun así, de principio a fin, toda exhalación mutua fue aprovechada por los pájaros en vuelo. El balance de un cálculo instintivo que, al convertirlo en matemática, se hizo instrumento del poder acumulado.
En la antigüedad los escribas teníamos nuestros propios dioses. Poco a poco el dios de los comerciantes fue adquiriendo poder, hasta desplazar al de los reinos, imperios y estados. Hoy la moneda es ubicua e irremplazable y todos, en mayor o menor grado, le rendimos culto. Poco importó la extensión de la magnánima victoria española, bautizándome en La Isla casi cinco siglos después, y de pasada, con todo y el entendimiento histórico, bautizando también a mis hijos, el mayor en Boston y el segundo en Las Filipinas, pues diluida la fe en la celebración de la familia, y nada más, vivimos pagando cuentas por existir, y a la próxima generación la educamos, para que puedan seguir pagando.
