
El estado mínimo, por más pequeño que sea, siempre robará, pues aun con una ética que guíe sus acciones hacia lo justo, terminaría en la acumulación de privilegios que emanan de la superioridad moral.
Cuando escribo sobre astrofísica y las maravillas que se esconden dentro de la íntima estructura de la materia, a la par con los astros más lejanos, repito la historia y me muevo en la tradición de los argonautas empecinados en ir a los extremos de lo conocido y recuperar lo que entienden les pertenece. La semilla de conquista que existe en toda curiosidad y que se vuelve difícil no querer fertilizar y verla crecer.
Si lográramos hacer filosofía pura, la original, la que ama el conocimiento por sí mismo y nada más, nos acercaríamos más a Sócrates y aprenderíamos, entendiendo, porque en lugar de ceder a la tentación de escapar su destino prefirió, en sus últimas horas, intentar la poesía y quizá aprender una nueva pieza en la lira. Así ejerceríamos la habilidad de no procurar monetizar nuestro talento sino regalarlo como Sócrates, a desfigurar las monedas como Diógenes y a dar al César lo que es del César como Jesús. Hoy casi nadie recuerda sus jueces, pero sus nombres e historias aparecen en los certificados de nacimiento y hasta en las comedias populares de las invisibles islas.
Gusto pensar entonces que voy asfaltando el camino hacia el abuelo devoto. La tranquila armonía entre una persistente pregunta que se filtra en los recuerdos que insiste documentar. El homenaje de todos y todo renovado en la disculpa de unas huellas únicas e imposible de imitar. El breve golpe de címbalo que ayudó a la inmensidad de la orquesta, desapercibido por muchos, aunque no para el oído del conductor.
