Objetivo memoria

Los templos de la antigüedad, con sus ubicaciones centrales en la ciudad, no dejaban nada de su estructura arquitectónica a la desconsiderada casualidad. Vestigios aún quedan y los recuerdo, cuando escucho a los constructores locales calcular el número de escalones con el mantra “oro-plata-mata,” es decir, la designación de cada paso en la escalera, donde siempre se comienza en oro y el secreto del porvenir del hogar y la familia está en la habilidad de terminar, repitiendo el orden de tres en tres, y llegar al próximo piso también en oro, quizá plata, pero jamás en mata.

La clave que identifica el sueño es su brevedad. La inmensa mayoría del tiempo vivimos en el mundo real. Una longevidad tan vasta que es en la muerte donde se conoce el verdadero significado del nunca acabar.

Los saltos de agua que siguen a la lanzada piedra, solo quieren volver a su posición original de tranquilo y transparente lago, convenciendo al que lo espera con la mirada, la falsedad de haberlo logrado, pues quién es capaz de pensar que el reflejo del cielo en cualquier momento, pueda ser duplicado. La dulce ilusión de un regreso que insistimos cimentar, cuando en todo lo mismo nos dice que ya nada es igual, ni nunca lo será. Quizá por esto es que la edad nos sienta, limitando un movimiento que solo sirve para comenzar cosas nuevas, asuntos que no nos interesan pues lo adorable, lo sublime está en la memoria y en la silla, en silencio, es donde mejor se pueden disfrutar, repasándolos como quien relee un clásico que permanece fresco y se huele, al sus páginas pasar.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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