
Los templos de la antigüedad, con sus ubicaciones centrales en la ciudad, no dejaban nada de su estructura arquitectónica a la desconsiderada casualidad. Vestigios aún quedan y los recuerdo, cuando escucho a los constructores locales calcular el número de escalones con el mantra “oro-plata-mata,” es decir, la designación de cada paso en la escalera, donde siempre se comienza en oro y el secreto del porvenir del hogar y la familia está en la habilidad de terminar, repitiendo el orden de tres en tres, y llegar al próximo piso también en oro, quizá plata, pero jamás en mata.
La clave que identifica el sueño es su brevedad. La inmensa mayoría del tiempo vivimos en el mundo real. Una longevidad tan vasta que es en la muerte donde se conoce el verdadero significado del nunca acabar.
Los saltos de agua que siguen a la lanzada piedra, solo quieren volver a su posición original de tranquilo y transparente lago, convenciendo al que lo espera con la mirada, la falsedad de haberlo logrado, pues quién es capaz de pensar que el reflejo del cielo en cualquier momento, pueda ser duplicado. La dulce ilusión de un regreso que insistimos cimentar, cuando en todo lo mismo nos dice que ya nada es igual, ni nunca lo será. Quizá por esto es que la edad nos sienta, limitando un movimiento que solo sirve para comenzar cosas nuevas, asuntos que no nos interesan pues lo adorable, lo sublime está en la memoria y en la silla, en silencio, es donde mejor se pueden disfrutar, repasándolos como quien relee un clásico que permanece fresco y se huele, al sus páginas pasar.
