
Quisiera seguir adquiriendo libros, pero con dos hijos adolescentes, solo me resta continuar leyendo los que tengo. Uno pensaría que en el evidente comienzo de una transición hacia su independencia, los hijos irían costando menos. Nada más lejos de la verdad, pues el cambio se diluye en un largo tiempo donde las separaciones deben aún ser financiadas, siendo no ya juguetes sino rentas de viviendas. No es un lamento. Los hijos siempre se adoran, y poder ayudarlos es una bendición que extiende la cercanía que quisiéramos nunca desapareciera. Por otro lado, la acumulación de textos ha sido por largo tiempo intensa y, la sed por lo desconocido, motor que alimenta la continua búsqueda de nuevos títulos, puede con facilidad ser saciada con lo que poseo, ya que tomaría más de una vida desenterrar sus todavía escondidas novedades e inimaginadas reflexiones. Una verdad que sospecho ha sido evidente desde la creación de la escritura y, mucho más hoy, donde el conocimiento, para quien lo busca, como también siempre ha sido, está al fácil alcance de la mano. Una biblioteca que como parte de la crianza de mis niños les ha marcado, para siempre, sus conciencias.
