
Vivimos confundidos. Lo sólido nos engaña, descuidando que en el fondo solo hay campos de energía. Un conocimiento que al considerarlo nos transforma, al entender que lo percibido no es más que superficie. Pero este cotidiano terreno, aunque limitado, es también parte de la realidad, y desecharlo sería imprudente; solo es cuestión de saber colocarlo en su justa proporción, con el resto de lo que es. De no practicar esta opción, lo que ordinariamente se acepta como real acapararía, como es común, toda nuestra capacidad de análisis, determinando respuestas tan estrechas como lo generalmente aceptado.
El mundo que nos rodea es como un antiguo palimpsesto, escrituras de aparente evidencia que se manifiestan sobre previas que si se escarba, se pueden aún hallar noticias de esta y, con mayor dificultad y suerte, de las que subsisten debajo en sucesivas capas que constituyen la base última de lo inmediatamente experimentado. Pero de nuevo, olvidar lo que en su momento nos absorbió, en favor de atender lo descuidado, no es como aparenta, la mejor estrategia, por lo menos no a largo plazo. Quizá en un principio sea necesario un corte radical con lo establecido, tal vez fascinado por el descubrimiento de la riqueza que pueda existir en lo descartado, pero con el tiempo, luego de entender un poco más a fondo la verdad desconocida, es saludable regresar al viejo lar, y con nuevos ojos, estar listo para realizar una renovadora combinación de saberes desde la unicidad de nuestra perspectiva. Un sincretismo que busca recoger el conocimiento que la última de las capas parece sepultar, para releerlo en la negociación que desapercibida se da entre lo establecido y lo olvidado, produciendo un resultado que por lo regular, toma a todos por sorpresa; pues ni lo que se quiso ocultar desaparece, ni lo ubicuo existiría como tal, sin el sustrato que lo alimenta.
