Idiosincrasia

Me arrullan en el almíbar de imaginarme elaborando un nuevo giro teórico. Fondo de agujero negro donde la singularidad desaparece la información, violando la física que lo postula como imposible, ¿o será que la escupe irreconocible?; no creo esté resuelto. ¿Acaso alguna vez se decidió el asunto de los ángeles en la punta de un alfiler? El debate simplemente se abandonó, recogiendo las migadas del pensamiento ganado sin intención, junto al tiempo perdido. Siempre aparece otro, P versus NP. El Capital se preserva de formas insospechadas. Mi madre comenta que siempre ando con la misma ropa, y mi hijos, nacidos y criados en casa con biblioteca de tres mil volúmenes, leída, anotada y citada en la cena familiar, improvisan una ouija, como vieron en TikTok, para comunicarse con Charlie Kirk. Pensar que yo de joven aspiré a ser faquir. Asi como la Ilustración no vio venir el Romanticismo, y los positivistas lógicos entendieron hallar en la matemática el único lenguaje que merecía reverencia, llegando hoy al mundo donde todas las verdades son falsas. ¿O es que siempre ha sido todo de la misma manera? ¿Dónde queda entonces el intento, el despunte, la necesidad imperiosa de la variante? ¿Se acepta el postulado sartriano de buscarnos un entretenimiento que nos mantenga ocupados ante el sinsentido? ¿El Sísifo de Camus que hallaba valor en el reintento maldecido por el fracaso? ¿Quién podrá negar el inmenso salto del cálculo matemático, sus computadoras, los cohetes al espacio? Lo hacen los invisibles renegados que en la persistente pobreza e injusticias ven la triquiñuela que nos ha embaucado en declarar a Parménides y a Zeno superados. No hay fracciones, solo números enteros y relaciones, y en el infinito la negación del principio, el fin, y hasta el propio pasado.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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