
Hasta ahora, la muerte ha sido incapaz de poner fin a la arrolladora continuidad y rutina de la vida sobre la Tierra. Una lógica de costumbres y tendencias que persiste a través de innumerables generaciones, y que parecen heredarse sin que la desaparición de una haga significativa mella en la próxima.
Tanta palabra cansa, excepto a los que las pronuncian, pues ser es un fluir que se determina por la extensión del día, donde cualquier plan más allá de esto es la ilusión que niega la experiencia, la aspiración de salvaciones que se pierden, por no saberlas hallar entre los papeles y arenas del desierto actual —doradas trazas e hilachas abrumadas por el embuste y el evento—, antes de poder partir a descansar en el jardín y la cosecha que se lleva en la cabeza.
Es sin embargo con una piedra que se marca el destino final, mientras a los planetas vamos a recogerlas para que nos enseñen sobre el principio. Nacemos sobre una gigantesca roca que está viva, y los bien antiguos, para sorprendernos, tallaron inexplicables monolitos antes de organizar de forma sistemática la siembra, pues comunicarse en sueños e historias era esencial, y el alimento parecía abundante. Una intuición que abandonada, abrió las puertas de la escasez y la injusticia de la acumulación.
En tiempos de Jesucristo había mesías por todas partes. Hoy la vida continúa, tal como siempre ha sido.
