Inclusero

Desangelada por los que la veían sin conocerla, disfruta a plenitud del resquemor que les causaba su firme mirada y ufano porte, sembrada sobre el agreste de su deteriorada casa, donde jamás hubo vendimia, ni fiesta que anunciara su nacimiento. De esta manera la apatía se manifestaba para servicio de ambos; un rechazo interminable de parte de una comunidad que intentaba incansable de liberarse del último vestigio de un pasado que casi nadie ya recordaba, y aun así, como por heredado instintivo, preferían negar, y el alimento para quien nunca había tenido nada, excepto un dulzón y breve momento de juventud y el permanente desdén de sus vecinos. Nadie imaginaba que dentro de aquella casucha se escribía un libro, y mucho menos que no era el primero.

Capaz de arrostrar la idiosincrasia de los escritores, la editora citadina se había acostumbrado a la reclusión, el secretismo, la vida loca y, cómo no, a los herméticos seudónimos que rehusaban revelar sus vanidosas identidades. Todo, por supuesto, si la calidad de lo escrito lo merecía, teniendo como barómetro el número de ventas. Lady Lady, quien quiera que fuese, desplegaba una espeluznante maestría en historias románticas de una empalagosa dulzura que, de forma inadvertida, se transformaban en violentos actos de salvajismo, resonando con un inmenso público que se identificaba con el ciudadano ejemplar que luego de hacer lo correcto, alguna traición, abuso o, la desatendida pregunta del qué pasó, llevada pero nunca cruzada sobre el borde que delimitaba la demostraba respuesta, invariablemente dejaban a los lectores pidiendo siempre más.

Cualquiera aseguraría que llevaba una vida fácil, por la generosa mensualidad que sin trabajar, aparecía depositada en su cuenta bancaria, sobre la cual, no tenía idea de su procedencia. La institución permanecía firme en la confidencialidad que le debía a sus depositarios y, en un poblado que ni salida al mar tenía, las viejas costumbres corrían sin extrañas influencias. Es cierto que no le faltaba nada material, pero un pasado borroso que las jóvenes monjas del orfanato decían ignorar, lo hacía un personaje especial, pues vivió sin conocer a quién como él, careciera de historia. Casado, desorientado, y con niños, miembro perenne de una comunidad respetable, encontraba solaz en las andanzas con los otros retirados de la vecindad que, en la comodidad de su aburrimiento, iban de vez en cuando a dejarle saber con sus expresiones, a la señora de la casa en cantos del terreno baldío, lo indeseable que era su permanencia entre ellos, mientras ella nunca perdía oportunidad de observarlos de lejos, siempre impávida, y con un desapercibido resplandor de ternura en los ojos.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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