
Desangelada por los que la veían sin conocerla, disfruta a plenitud del resquemor que les causaba su firme mirada y ufano porte, sembrada sobre el agreste de su deteriorada casa, donde jamás hubo vendimia, ni fiesta que anunciara su nacimiento. De esta manera la apatía se manifestaba para servicio de ambos; un rechazo interminable de parte de una comunidad que intentaba incansable de liberarse del último vestigio de un pasado que casi nadie ya recordaba, y aun así, como por heredado instintivo, preferían negar, y el alimento para quien nunca había tenido nada, excepto un dulzón y breve momento de juventud y el permanente desdén de sus vecinos. Nadie imaginaba que dentro de aquella casucha se escribía un libro, y mucho menos que no era el primero.
Capaz de arrostrar la idiosincrasia de los escritores, la editora citadina se había acostumbrado a la reclusión, el secretismo, la vida loca y, cómo no, a los herméticos seudónimos que rehusaban revelar sus vanidosas identidades. Todo, por supuesto, si la calidad de lo escrito lo merecía, teniendo como barómetro el número de ventas. Lady Lady, quien quiera que fuese, desplegaba una espeluznante maestría en historias románticas de una empalagosa dulzura que, de forma inadvertida, se transformaban en violentos actos de salvajismo, resonando con un inmenso público que se identificaba con el ciudadano ejemplar que luego de hacer lo correcto, alguna traición, abuso o, la desatendida pregunta del qué pasó, llevada pero nunca cruzada sobre el borde que delimitaba la demostraba respuesta, invariablemente dejaban a los lectores pidiendo siempre más.
Cualquiera aseguraría que llevaba una vida fácil, por la generosa mensualidad que sin trabajar, aparecía depositada en su cuenta bancaria, sobre la cual, no tenía idea de su procedencia. La institución permanecía firme en la confidencialidad que le debía a sus depositarios y, en un poblado que ni salida al mar tenía, las viejas costumbres corrían sin extrañas influencias. Es cierto que no le faltaba nada material, pero un pasado borroso que las jóvenes monjas del orfanato decían ignorar, lo hacía un personaje especial, pues vivió sin conocer a quién como él, careciera de historia. Casado, desorientado, y con niños, miembro perenne de una comunidad respetable, encontraba solaz en las andanzas con los otros retirados de la vecindad que, en la comodidad de su aburrimiento, iban de vez en cuando a dejarle saber con sus expresiones, a la señora de la casa en cantos del terreno baldío, lo indeseable que era su permanencia entre ellos, mientras ella nunca perdía oportunidad de observarlos de lejos, siempre impávida, y con un desapercibido resplandor de ternura en los ojos.
