
La nube mágica que sobre Europa creció y se extendió lo más que pudo, allá por los alrededores del siglo XVI, imaginó que todo el pensamiento en la antigüedad de sus tierras poseía las llaves del conocimiento y la sabiduría y, rondando aun fuerte en las cabezas de los intelectuales, envuelve a un buen número de estas, la mía incluida. Y no es que sea deplorable lo que los griegos y sus creaciones dijeron, pero es precisamente en la innegable grandeza de su pensar que se encuentra la trampa de aceptarlos como principio de algo que nadie más fue capaz de emprender y, peor aun, base ineludible para un desarrollo que se invalida, si no los tiene a ellos como punto central de referencia, garantizando así que el avance del pensamiento global se practique solamente, si es que pretende ser serio, dentro de los esquemas europeos. Una seductora forma de colonización capaz de enarbolar liberación, aun estando atada a una sola tradición. Pero con la investigación y el estudio se aprende que la herencia griega no fue la única que en la antigüedad consideró los problemas del pensar que estos abordaron, sino que además limita esta la iniciativa de poder explorar maneras totalmente novedosas de entender las cosas en el presente, sin tener que por obligación mostrar continuidad con lo antiguo. Se hace de este modo necesario un balance que aprenda a empaparse de un maravilloso legado al que luego se pueda provisionalmente desechar y, en la prodigiosa sumersión con otros acervos, saber vivir y trabajar en la multiplicidad de realidades que se oponen y complementan.
Así el amanuense que me acompaña, el que en ocasiones me toca representar, pues no es más que el personaje que de mí he elaborado, me obliga a intercambiar los originales papeles de amo y esclavo. Un estudiante de ciencias que tuvo que abandonar su formación y las estructuras cimentadas de su pensar, para poder comenzar a leer poesía. Luego me dio por escribirla, pudiendo entonces retomar e integrar el conocimiento que había puesto a descansar.
