
El día es una unidad fundamental de medida. No es la única, pero es lo suficientemente ubicua como para justifar una reflexión. Lo primero quizá sería establecer su apreciación, pues si bien hay días horribles o aburridos, su desprecio iría contra el hecho de que contamos con una cantidad limitada de estos. Así, dentro de lo que hacemos, y mejor, dentro de lo que escogimos hacer por amor y placer, es necesario comenzar cada día con una disposición que se abra a las posibilidades que alimenten nuestro deseo y deleite, pues estas existen en todas partes y, aunque no siempre se hallen de manera evidente, cuando aparezcan, como decía Picasso, “que me encuentren trabajando.”
Tal vez la ansiedad que provocan los días que saben a perdidos venga de la necesidad que nos hemos impuestos de ser productivos en todo momento, haciendo de la “pérdida” del tiempo un pecado capital. Sin embargo, es esta una actitud reciente que parece haber llegado con la agricultura y acelerado con la revolución industrial, la cual desde entonces hasta el presente representan una parte minúscula de nuestro tiempo en la Tierra, en donde, por los primeros dos o tres millones de años, nos dedicamos a buscar solo lo necesario y el resto del día se invertía en el disfrute total de todo lo que el mundo y nuestra existencia tienen para ofrecer. Trazos de esta forma casi olvidada de vida se hallan todavía en lugares como la apartada zona campesina en la que vivo, en donde aun sometidos a la lógica brutal de la cosecha y producción para otros, es algo que, según el cultivo, se hace solo una parte del año, y el resto es para simplemente ser y estar.
Como escritor, el problema de concentrarme en la redacción de un solo texto —como quien tiene un mismo empleo por largo tiempo—, de tal manera que intente provocar alguna válida emoción en el lector, es que a la vez se me escapan todos los fabulosos eventos que ocurren a mi alrededor. Pero esto no es más que un innecesario extremo. Lo que por lo regular sucede es que mientras trabajo en algo, con regularidad levanto la mirada, o el pensamiento, hacia lo otro, haciendo que la mayoría de las veces tenga un cúmulo extendido de diferentes proyectos comenzados y que, con suerte, puedo ir visitándolos y mejorándolos al unísono, con la perspectiva y conectividad que añade la multiplicidad de intereses, incluyendo, por supuesto, el no hacer nada, pero siempre con los sentidos bien alerta, pues aunque la claridad sea la meta, ir más allá de lo patente requiere caminar un tiempo, a veces extenso, por entre la vorágine de lo confuso y la pastosidad del letargo, sin la preocupación de tener que producir algo rápido, como prueba de mi validez.
Lo mismo, pero aun más dramático, me sucede con la lectura.
Tiempo ya de abandonar la insistencia médico-escolar en diagnosticar desórdenes de atención en los niños, cuando el fallo reside en una institución educativa que hace tiempo abandonó la estrategia de cultivar la curiosidad arrolladora con la que todos nacemos, en favor del progreso que supuestamente solo algún monótono proyecto político es capaz de brindar; torcido y esclavizante ideal que se asienta en la temprana adultez y que madura e implementa con pocas posibilidades de cuestionamiento. La personificación de la monstruosidad que ejerce la destrucción de la mayor parte de los sueños y aspiraciones que por adentro mueven el mundo de la niñez y adolescencia.
