Entre la época y el momento

Siempre son dos los tiempos, simultáneos; el de la prisa y el otro que va más lento, y quien piensa que son excluyentes extremos, sobre los cuales se puede decicir donde estar y por cuanto tiempo, se engaña, pues en el veloz bullicio de las ciudades se puede morir de soledad y aburrimiento, y en el campo, cualquier pequeña disputa se sale instantáneamente de las manos sin anunciarte que estás respirando tus últimos sorbos de deletéreo aliento. Ejemplos de esta concurrencia de opuestos abundan, y no hay porque listarlos, pues el lector se dará cuenta que en un diminuto soplo de pensamiento hallará múltiples instancias de lo rápido y lo lento, no importando donde se esté ni en qué situación, coexistiendo en toda coyuntura. Sin embargo, es común embaucarse, creyendo que se vive una situación donde se conoce y controla su tempo. Pero más terrible aun es estar en plenitud consciente, de una multiplicidad que no te deja saborear lo dulce que puede ofrecer un instante, por tener la mente sumergida en el suplicio de saber que se subsiste, sobre una moneda que rota en el espacio tentando sin parar, todos los azares del movimiento. Es la herencia que nos deja el pensar de la mecánica cuántica, la cual aun no encuentra como hacer paz con la Relatividad, insistiendo en el terreno donde tiene toda la razón, la realidad específica de lo diminuto, del sencillo minuto que insiste en no definirse, hasta que el que lo observa, o lo piensa, o lo siente, le abre el camino a seguir. Pero lo saludable es saber que si damos un paso atrás, viendo todo desde una mayor perspectiva que restringe el momento a su reino, se entiende que sus palpitaciones no son más que minúsculos golpes que necesitan unirse a un conjunto inmenso, y así poder definir la orquestación de lo que es y lo que será. Una paz mental que reduce la ansiedad del santiamén, en una opción historicista que ve los eventos en décadas, siglos, milenios, miles de millones de años acreditando, por supuesto, que nuestra parte es también pequeña —sabiduría que se distorsiona con el detalle—, ganando comprensión con la visión de un universo que, aunque dinámico, si lo miramos desde lejos, el ángulo que mejor muestra la amplitud de su belleza, parecería estar fijo, congelado en el tiempo.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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