
Sargón, que trabajaba sirviendo vino en las copas de la corte del rey, terminó derrotándolo en la batalla que asentó el imperio Acadio sobre el Sumerio, desapareciéndolo de tal manera que arqueólogos de los siglos venideros, siguiéndole la pista a las referencias bíblicas lo redescubren, sin idea de que alguna vez hubiese existido.
Al entusiasmo del ser le sigue la duda del encajonamiento que a veces detiene el error, y en otras, abre las puertas del arrepentimiento. La hija de Marie Curie, Irène, siguiéndole los pasos a una madre que pagó con su vida las innovadoras investigaciones sobre radioactividad, se encerró en el laboratorio a trabajar, ganando también el Premio Nobel.
Millones de años identificando rostros han servido para saber, en un instante, si es bondad o maldad lo que trae esa nueva persona. Una herencia que siento al ver el más elaborado de los vídeos artificiales, pretendiendo. También hay quienes por más experiencia que venga acumulada en sus genes, deciden dejarse engañar adrede.
Nunca envían el ejército a detener un huracán. Y en una erupción de volcán, mejor es salir lo más rápido huyendo, pues batallar una fuerza mayor no es de valientes, ni hay conciencia que se siembre bajo la calcinante lava ardiente, donde solo la espera paciente, de largos y largos tiempos, podrá sentarse a drisfrutar las flores que brotarán, del abandonado terreno que ahora se regala fértil.
