Lo correcto

Galileo con su clepsidra, un plano inclinado y una pequeña esfera destronó a Aristóteles en su canónica descripción de los cuerpos que caían sobre la tierra. Astronautas en la Luna, con un martillo y de gaviota una pluma, hicieron de esto un video. Entre el griego y el italiano habían mil novecientos años; 365 entre Galileo y el proyecto Apollo.

Codearse con la verdad, tras fina muselina disimulando el escote, subsiste en el desorden de los malos libros coleccionados junto a los clásicos citados sin habérselos leido. Un ostentoso proyecto de gastos y pantallas a color sirvendo a la fotografía, y al aplauso entre los que también pretenden un saber pulido. Una recua, con máquinas de esmeril como navaja, cortando las voluntades de los justos y desperdigando pedazos que en sus pesadillas se reproducen, como zombies del insistente cambio. Una soga que hallaron atada al cuello desde el nacimiento y que disimulada, continuaron pretendiendo nunca haber sentido. Un entusiasmo que pagan con la inteligencia que nunca crecieron, declarando un excedente suplido al momento del nacimiento. La pregunta es la de siempre, luego de arrollar al peatón en el camino y, mientras nadie mira, descubrir que aun está vivo, ¿lo ayudo o me desaparezco? Pues, quién es capaz de hacer lo correcto, cuando solo se tiene a sí mismo de testigo, y aun así, nuestra sobrevivencia, depende de ello. No por salvarnos en el momento, sino por salvar al otro sin considerar la venidera falta de entendimiento; único escudo contra el error de caer en el error mismo, en el espacio de un segundo que termina conjurando, todos los horrores del mundo.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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