
Galileo con su clepsidra, un plano inclinado y una pequeña esfera destronó a Aristóteles en su canónica descripción de los cuerpos que caían sobre la tierra. Astronautas en la Luna, con un martillo y de gaviota una pluma, hicieron de esto un video. Entre el griego y el italiano habían mil novecientos años; 365 entre Galileo y el proyecto Apollo.
Codearse con la verdad, tras fina muselina disimulando el escote, subsiste en el desorden de los malos libros coleccionados junto a los clásicos citados sin habérselos leido. Un ostentoso proyecto de gastos y pantallas a color sirvendo a la fotografía, y al aplauso entre los que también pretenden un saber pulido. Una recua, con máquinas de esmeril como navaja, cortando las voluntades de los justos y desperdigando pedazos que en sus pesadillas se reproducen, como zombies del insistente cambio. Una soga que hallaron atada al cuello desde el nacimiento y que disimulada, continuaron pretendiendo nunca haber sentido. Un entusiasmo que pagan con la inteligencia que nunca crecieron, declarando un excedente suplido al momento del nacimiento. La pregunta es la de siempre, luego de arrollar al peatón en el camino y, mientras nadie mira, descubrir que aun está vivo, ¿lo ayudo o me desaparezco? Pues, quién es capaz de hacer lo correcto, cuando solo se tiene a sí mismo de testigo, y aun así, nuestra sobrevivencia, depende de ello. No por salvarnos en el momento, sino por salvar al otro sin considerar la venidera falta de entendimiento; único escudo contra el error de caer en el error mismo, en el espacio de un segundo que termina conjurando, todos los horrores del mundo.
