
Los recuerdos, como las relecturas, se presentan con una máscara de fijo e inquebrantable ser que quizá se regocija en su logro de obligarnos a evocar el mismo evento, a volver a leer las mismas palabras. Sin embargo, es ahí donde termina su poder de insistir en la fiel permanencia, la fotocopia, pues no hay recapitulación que concluya de idéntica forma como lo hizo en el pasado, ni dique que pueda detener la fuerza con que se abalanza el nuevo ángulo, la antes desapercibida enseñanza. Por esto para el creador, copiar como forma de innovación es una poderosa herramienta, pues jamás se puede reescribir con absoluta precisión la emoción que provocó lo leído, usándolo como punto de partida para desplegar los matices que las experiencias y el alma estamparán en lo visto. Es un pasado que constantemente se examina con nuevas definiciones, sabidurías que se vuelven a descubrir escondida bajo el manto de los viejos supuestos. De hecho, no sería muy difícil argumentar que no existe creación ni pensamiento alguno que no parta de alguna grandeza previa, y que los nuevos y más altos niveles solo se alcanzan, como bien se ha dicho, sobre los hombres de gigantes que nos precedieron. Se escribe el mismo poema cien veces y, si se está comprometido con el fascinante mundo de la literatura, cada vez se escribe mejor. Lo mismo sucede con una pieza musical o con una obra plástica, serigrafista que una a una imprime la misma imagen y aun así, todas diferentes, todas únicas, sabiendo que no existe absoluta permanencia ni mucho menos certeza, sino una idea, un sentimiento, un instinto que se perseguí y en el fracaso total o parcial de caminarlo, de comunicarlo o capturarlo, se vuelve a intentar con las fuerzas y el empeño que alimentan la emoción del acercamiento, la combinación que aun no se había usado.
