
La risa es complicada, y quien quiera acapararla en una definición que represente solo lo que entienda por su elemento negativo o positivo, se arriesga a descartar el otro lado de la moneda. Un estudio exhaustivo de la carcajada requeriría considerar elementos históricos, su evolución genética y ambiental, el contexto geográfico y cultural, en fin, algo que va mucho más allá de lo que se pueda decir en algunas líneas. Aun así, reflexiones menores pueden ayudar y contribuir a la conversación en donde muchas voces deben ser tomadas en consideración. La risa como modo de resistencia política es algo aceptado desde hace algún tiempo, y es precisamente por esto que esta aprobación merece una mirada crítica que considere sus posibles fisuras e injustificados supuestos que se acostumbran a repetir, como firme jamba de la cual recostarse. La práctica y cultura de la risa entre los puertorriqueños es materia de leyenda, y es bien difícil haber nacido y criarse en La Isla sin que el elemento del chiste perenne sea parte del discurso. Para la mayoría de los puertorriqueños, esos que viven en el exilio, este elemento con los años tiende a disminuir, muchas veces ayudado por una mirada analítica que se alimenta con las dificultades de preservar esa forma de comunicación en otros lugares. Yo personalmente no me di cuenta de lo grabado que llevaba la comedia como ingrediente discursivo, hasta que me vi expulsado del país y enfrentado a la confusión que esta provocaba en mis conversaciones con otros. Lo interesante del caso es que esto me tomó por sorpresa, no por la reacción de mis interlocutores, la cual esperaba, sino por la forma en que las memorias isleñas, en donde las burlas de familiares y conocidos que, por verlas como una falta de consideración y forma evidente de abuso que evitaba imitar, se habían de todas maneras infiltrado en mi decir como expresiones aceptadas. “Cogerte de punto” siempre fue para mí una de las costumbres más tristes a la cual podía ser sometido cualquier ser humano, pues venía con la expectativa de que debía ser aceptada y, si por casualidad se mostraba molestia o dolor, el problema era inmediatamente reformulado como tuyo, y no saber aguantar un chiste se castigaba con el redoble del maltrato verbal. Hasta hace poco los norteamericanos venían desarrollando una cultura de cuidado extenso, quizá más allá de lo saludable, en el trato y conversación con los otros, y aunque ahora esta tendencia está en crisis, la idea de la burla o el uso de palabras o epitetos que se consideran insensibles a la naturaleza del interlocutor, eran y en parte aun son evitados por un buen sector de la población. Este no es el caso cuando de reír y mofarse de los políticos o personajes que ejercen poder en la sociedad se trata, lo cual es parte del ethos nacional. Una actitud que, como todos los ángulos posibles, debe ser siempre examinada por sus posibles resquicios, es también una de la cual podemos los puertorriqueños aprender mucho, orientando el sarcasmo solo a quien se lo merece, sellando de esta manera su carácter contestatario y de resistencia, en lugar de ser terreno donde se ejercita el desprecio y humillación hacia los más vulnerables de entre sus iguales, en la mayoría de los casos sin darse, o sin querer darse cuenta.
