Cápsulas de tiempo

Las ofrendas que la prehistoria y la antigüedad colocaban en las tumbas de sus ancestros, eran artefactos que bien servían para uso del difunto en su viaje, o para dejar registro de lo que fueron; mensajes a los entes de un destino incierto que dan con exactitud en el clavo, cada vez que un responsable grupo de arqueólogos excava, cataloga y estudia lo hallado, convirtiéndolos en pasaporte de una civilización, o quizá un pequeños grupo de humanos, a quienes se les invita entrar a lo nuestro, o sea, a su futuro, extendiendo en el proceso la ansiada esperanza de inmortalidad que desde entonces, y hasta nuestros días, todos cargamos. Un instinto ancestral que se realiza en la presente insistencia de dejar registro de nuestros pasos, pensando en un mañana que aunque sin certezas, resulte en una apuesta real y necesaria. Lo mejor, los más altos logros de la cultura son siempre la característica común de los hallazgos y, en ocasiones, los pedazos de alto arte que fueron destruidos a propósito y así sepultados, ejercicio que aun está en proceso de ser entendido, sugiriendo bien el registro de un cuestionamiento propio sobre las ventajas de sus logros, quizá la promesa de una renovación a los dioses y generaciones futuras que mezclaba la humildad con la reevaluacion, tal vez un sello de claridad sobre el final de un antiguo poder, declaración inequívoca de quienes eran ahora los nuevos dueños y señores del lugar, piezas o sus pedazos que servían de alabarderos para el escenario que quedaba atrás o simplemente su basura. Celulares destruidos por su rápida caducidad, quizá junto a reliquias análogas que hasta nuestros días sostienen una duración que va mucho más allá del rápido desecho del presente, en servicio al insaciable capital. Una puerta a la reflexión sobre lo que somos y considerar la posible lista de artefactos y creaciones que vamos enterrando, quizá en tumbas viajando por el espacio, donde una de ellas ya alcanzó la zona insterestlar.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

Leave a comment