
…tienen un especial encanto, acentuado por la novedad que en mí causaban y, cuando me tocó salir de la ciudad y sus pequeños apartamentos, me sentí que una nueva vida llena de magias y descubrimientos comenzaba para mí, allá en aquel callado suburbio de Boston. Un silencio que haría de mis días y noches perfectos escenarios para la lectura y proyectos personales. Pero todo estaba diseñado para ser sostenido con un fuerte ingreso monetario que hacía de las largas horas en el tren que nos llevaba y traía, a mí y a todos los empleados de oficinas que viajábamos diariamente a la urbe, parte de la infraestructura que consumía nuestros años más productivos, manteniendo vivo un sistema con una rutina no muy diferente a los juegos de pelota Maya, en donde el objetivo no era acumular puntos para el equipo determinando un final, sino mantener la bola en el aire por el mayor tiempo posible, como metáfora de la responsabilidad humana de asegurar el ciclo solar. Así, sabiendo que el corazón era el precio a pagar por poder ver mi bella casita los fines de semana, fue que pronto me vi de nuevo en la ciudad. Como quien mirándose dentro de la recua en su vaivén, tenía ganas de alzar la voz y decirles que cortaran el bonche y mejor se miraran hacia adentro. Una inutilidad que hasta que no fuera capaz de ejercerla por mí mismo, agregando el poder del ejemplo, era para ellos solo una declaración de locura, un riesgo para mi arresto. Una apresurada imagen que anhela el regreso del sol, hastiado de la noche oscura, para luego entender que donde quiera los días son también repetición, y que el llamado a observar, como fuente del pensamiento no se casa con lugares, sino que vive con uno en la paz de liberarse, aun morando en una caseta al borde del abismo.
