
…por lo menos para mí. Aun a sabiendas de las limitaciones del lenguaje, la palabra es tan rica en sus posibilidades, que es precisamente esa falta de perfección la que impulsa la creación, adalid de los misterios en el hermoso esfuerzo propio de cada vez llegar lo más cerca posible; la multiplicidad inagotable de ángulos, las insospechadas verdades que se descubren en el proceso de querer capturar otras. Se puede ser pasivo y tragarse toda la belleza, junto con las tribulaciones que continuamente se abalanzan sobre nosotros. Eso nada más nos hace mejores personas. Pero también se puede ir más allá e intentar comunicar el percibido milagro, añadiendo otra capa de gozo a la aventura de estar vivo. Es cuestión entonces de identificar nuestro talento y profundizar en la forma que nos fue dado para contribuir al entendimiento y disfrute de las cosas, tanto para nosotros mismos como para los demás, andando nuestros días y noches sobre el perfeccionamiento de nuestro arte, que primero se nutre de los clásicos en su campo, para con el tiempo empujar las fronteras de lo sabido hacia lo previamente inimaginable, fórmula infalible que se confirma en el reguero y vorágine de sentimientos y emociones que despierta en los corazones que toca, roca que se afianza en la experiencia de primero haber conmovido el suyo propio. Una visión que puede hallarse desde la propuesta casi absurda que ubica lo pasado en el defenestrar de categorías que se delatan como una larga broma que se nos ha gastado, hasta la recuperación de un olvidado ethos que por develarlo hoy garantiza su nuevo matiz, y todo lo que con amor y diligente curiosidad se halle entre estos.
