Veo, veo, ¿qué ves?

¿Se diluye la insignificancia pensando ser lo que se soñó? O será la irrelevancia un mito en una gigantesca historia que no sería, a menos que contara con todos sus momentos.

Qué puede ser un pensador, a menos que se ocupe de lo que pocos piensan; pues el evento político y cultural, el que captura la imaginación de las mayorías con la gran ayuda de los medios de comunicación, ya tiene suficientes comentadores como para necesitar uno más. No que no sean importantes estos últimos, pero todos tienden a padecer de una forma de repetición que mantiene el flujo de su naturaleza, pagando el alto precio de una superficialidad que por lo general sirve a los iniciadores del tópico, esto es, políticos o celebridades pues es, a fin de cuentas, la mejor manera que estos tiene de permanecer relevantes, con la estrategia de hacer de sus vidas y pensares equivalentes a la realidad total. En otras palabras, ellos son el mundo y lo demás tan solo inconsecuente minucia. Una buena manera entonces de entender esta dinámica —la cual no es tan oscura para empezar— y, más importante aun, hallar formas de romper la hegemonía que impide el progreso de visones de las cosas que evitan el protagonismo individual, en favor del colectivo, es el estudio y reflexión profunda de otros eventos y saberes que, aunque parezcan alejados, permiten —gracias a la continuidad que muestra todo el tejido de la realidad y la imaginación—, dar una vuelta y mirar, con frescos y renovados ojos, el asunto del que todos hablan y que por lo regular, lo hacen perdiendo conciencia de algún ángulo que solo se hace evidente, luego de descansar trabajando en otras cosas.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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