Lastre y tesitura

Hubo tiempos en que servidores andaban por los pasillos de palacio anunciando la hora en voz alta. Luego se inventó el reloj.

Solo los que han despreciado el estudio permitiendo el enmohecimiento de sus cerebros le deben temer a la inteligencia artificial, pero por supuesto, no lo hacen. Los demás se preocupan, aunque deberían recibirla con los brazos abiertos, como hicieron los entusiastas matemáticos con la llegada de la calculadora, o los químicos analíticos con el espectrómetro. Yo acojo con beneplácito la intención de la cibernética de capturar el conocimiento entero, si es que acaso esto es posible, pues me veo como niño en tienda de dulces, donde todo lo que me interesa y apasiona está a mi disposición para estudiarlo y reflexionarlo y, el hecho de me haya tocado vivir en una era donde la búsqueda del saber es menos que secundaria me entusiasma, pues así mis amigos y yo podemos sumergirnos de lleno en profundidades que a pocos les importa, sabiendo que el mango de la sartén en donde se cocina la realidad pertenece a los que buscan, esperando el día ya cercano en donde pueda sentarme con una máquina que sepa más que yo y que me rete conversando a una reflexión única, apoyada por una información extensa la cual sea yo el que seleccione y mezcle las cosas como nunca antes han sido mixturadas. Magnus Carlsen, posiblemente el mejor jugador de ajedrez de todos los tiempos, dominando de manera contundente el panorama del deporte en la última década, al preguntarle si era capaz de derrotar a una computadora contestó, sin pensarlo por más de un segundo, “no way.” Sin embargo, la innovadora pasión que ha traído Carlsen al juego, ha provocado una explosión en los últimos años, con jugadores que se cuentan en los milllones y los torneos —en vivo o virtuales— en millares, donde la interacción con las computadoras solo ha despertado un hambre y dedicación por el estudio, utilizando estas como incentivos en la preparación, análisis y búsqueda de la excelencia en sus prácticas, acentuando, sin lugar a dudas, que la competencia entre seres humanos, por su ingenio y variantes sea hoy más atractiva que nunca.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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