
Haber llegado a Boston en los años ochenta del siglo pasado no podía suceder, sin una visita casi inmediata a las inmediaciones del Fenway Park. En medio de una canícula que de entrada ajustaba de forma dramática mis expectativas —pues cómo imaginar un calor más opresivo que el de Puerto Rico, luego de 4 horas de vuelo hacia el norte—, caminar por las sagradas calles aledañas al estadio en medio de la temporada de béisbol era integrarse a un festival pueblerino que ofrecía un paisaje instantáneo de la idiosincracia citadina. En esos momentos no había juego, quizá uno más tarde en la noche, pero a juzgar por la actividad electrizante de una población completamente devota a su equipo, parecería que adentro transcurría la parte baja del noveno. Fue entonces cuando entre la compacta masa de personas surgían inesperados estos personajes que, muy cerca del oído y mirando a la distancia casi te susurraban “tickets.” La noviecita boricua que había tenido la suerte de encontrar, nacida y criada en Iowa y compañera de trabajo en mi primer empleo en la ciudad, me explica que a estos revendedores clandestinos les llamaban “scalpers,” en una clara referencia a la historia de los originales nativos del lugar que, como premio de conquista, arrancaban el cuero cabelludo de sus vencidos y, preguntando a alguno de ellos por “how much?” pude entender claramente la referencia. La secretividad y la mirada constante hacia el horizonte eran señal de precaución contra los agentes encubiertos de la policía que buscaban arrestarlos, por su ilegal actividad. Veinte años después, y aun en Boston, recuerdo comprar entradas en reventa para juegos de los Red Sox en el internet, con precios igualmente exhorbitantes y perfectamente legal. Eso me hizo pensar en la capacidad que se había desarrollado para transformar algo que era prohibido cuando lo hacían individuos de forma independiente, en algo totalmente aceptable cuando se integraba a la estructura de control gubernamental vía permisos e impuestos. En otras palabras, que la moral de lo correcto o no, solo depende de quien se beneficia de la actividad; inapropiado cuando la totalidad de la ganancia permanece en el bolsillo privado, aceptado cuando se comparte entrando en los cofres del Estado. Luego fui aprendiendo que este proceso siempre ha sido así, bien sea con el licor y los cigarrilos del pasado, o con la venta de mariguana como eventualmente ocurrió en Boston. Así escuchaba en estos días al intelectual español Alberto Garín, el cual hace una relectura del Renacimiento europeo, la Revolución Francesa y la Ilustración, como movimientos que a pesar de haberse vendido con la etiqueta de liberadores, en realidad terminaron sentando las bases para una solidificación del poder estatal, argumentando que cualquier monarca de la región, entre la Edad Media y la Ilustración, tenía mucho menos poder que lo que tiene, por ejemplo, Macron hoy en dia, siendo la clave y base de este creciente poder, el desarrollo de la capacidad de imponer y cobrar impuestos, donde un gobernante de aquellos tiempos tenía que usar la coerción de la espada para recaudarlos, mientras hoy los ciudadanos los pagan constantemente, sin ningún tipo de protesta. Eventos históricos que, según Garín, son la raíz del nazismo, Stalin, Mao y todos los estados modernos que con la herencia del raciocinio que determina la verdad, encajonando al desacuerdo y protesta ciudadana en la irracionalidad, se aseguran de desinflar la calidad en la educación y de controlar la información como garantías de su continuidad, limitando al individuo a la selección de algún foco que le cause placer o le dé propósito, como la familia, el trabajo, el arte, la literatura, la jardinería y demás, por los cuales se está dispuesto a ceder la sumisión financiera y política, incentivada por la fragmentación que alimenta el sentido de la satisfacción, a la vez que la noción de absurdo en la oposición, con un inmenso toque de impotencia.
