Paisaje boricua

Yo también me tiré a la calle en mi primera nevada. Era la mañana de un primero de noviembre y acabábamos de recibir la noticia de la cancelación escolar. Un amigo definió esto como vacaciones sorpresa “coming out of nowhere.” Para Rosa, hija de puertorriqueños nacida y criada en Iowa, la nieve no era ninguna novedad. Pero sabía lo suficiente como para apoyar mi curioso entusiasmo y, prestándome uno de sus “coats” de invierno, pues aun no tenía uno, andamos por la ciudad con los trabajosos pasos que provocan unas ocho pulgadas de nieve. Tanta nieve temprano en noviembre era considerada inusual, aunque no imposible. Por eso existe una regla entre muchos bostonianos de nunca ponerse el abrigo de invierno antes del día de Acción de gracias. Yo pretendía estar siguiendo esa regla, como explicación a mi falta de coat, pero la verdad era que mi situación respondía más al no saber, combinado con escasez de fondos. Un boricua que llevaba años en la ciudad me había recomendado que adquiriera un buen coat, de por lo menos 100 dólares, pues una vez llegara el frío de verdad, lo iba a agradecer. No muchos años pasaron para que esa cantidad de dinero dejara de ser suficiente, y muchos menos para yo entender lo que eran las temperaturas invernales de Boston. No en balde la novedad de la temprana nevada no parecía ser compartida por nadie en la calle ese día, mostrando más bien rostros de amargura mezclada con resignación, pues el invierno resulta ser no solo extremadamente frío, sino igual de largo. Por ello entendí, llegado abril, porque las personas salían jubilosas y en pantalones cortos, una vez la temperatura subía a los 50 grados. El pasar de los años me dio admisión al mayoritario club de los que no se agitaban mucho por la primera, ni por ninguna otra nevada de la temporada. Aunque siempre conservé un ojo y corazón de aprecio a la belleza del evento, cosa que terminó contrastando con el disgusto que mostraban la mayoría de los residentes hacia la nieve. Un día tomé una hermosa foto de una de las ventanas de mi cocina enmarcando las ramas congeladas de un árbol al lado de la casa, y la publiqué en Facebook. Fue la ocasión en que tuve que lidiar con una isleña que la tomó como plataforma para alabar las bendiciones del cálido terruño, lo cual me pareció bien, hasta que continuó con su despilfarro de odio describiendo lo que para ella era la ridiculez de vivir, imagino que en especial un boricua, en un sitio como ese. Yo muy ingenuo intenté compartir lo emocionante que era apreciar el elemento estético que ofrecía mi ventana, lo cual para ella solo servía si se acompañaba con un palo de pitorro. Para muestra un botón del exclusivismo isleño con que por más de treinta años he tenido que batallar, en su falta de reconocer que si acaso existe tal cosa como ser puertorriqueño, los números y la situación apuntan a que por definición, se necesitaría vivir fuera de la Isla.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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