
Contoneándose por entre las brozas, como quien naciendo con hambre piensa que así es el mundo, brindaba a su barrio el placer de celebrar con mirarla, sus deliciosos dieciocho. Ignorando el estertor conjunto de la ancianidad que dominaba el lugar, veía la sucia pasarela como una oportunidad para ensayar los coqueteos que se imaginaba atraparían, al esposo que el destino le aseguraba en el puesto de Internet.
Recordaba con vaguedad el rostro de un padre que siendo su primer amor, se fue para la capital a trabajar a destajo. Nunca más lo vio y solo le enviaba una simbólica cantidad de dinero una vez cada tres o cuatro años. Su madre se vio así forzada a irse a trabajar de sirvienta al extranjero, visitando el escondido poblado por los pocos días de navidad que dedicaba a llenarle a la hija la cabeza, de sueños que ahora por fin realizaría vía Messenger.
Era como la simple nota de un pentagrama que pasando por desapercibida, poseía aun la capacidad de arruinar la sinfonía, alternando los ánimos del conductor, si alguno de sus músicos osara saltarla. La predicha partida de la última belleza joven del lugar, cerraba el capítulo de una reducida comunidad que vendiendo las tierras para darle el efectivo a los nietos, pues ninguno quería tocar el cultivo, dio la señal de salida a las grandes máquinas que pacientes esperaban en las afueras, encendidas y despidiendo humo, el anuncio de la muerte natural, por la avanzada edad, del más joven de sus residentes.
