
Todo lo que nace muere, pero no se esfuma en la nada, a menos que se encuentre con su antimateria, lo cual es poco probable y aun así, se convertiría en luz, en energía pura la cual, bajo adecuadas circunstancias, como en el principio de nuestro universo, volvería a convertirse en materia y, siendo la información dentro un átomo, o hasta dentro de un fotón virtualmente infinita, no hay porque dudar que algo, si no bastante, quizá todo, de lo que fuimos y somos permanezca, muy probablemente para siempre, o al menos por un tiempo largo en extremo. El reflejo de nuestro comportamiento que a diario descubrimos en todo lo que nos rodea es evidencia clara de esta permanente herencia, junto con la insistencia de un legendario rescoldo que promueve continuidad en la estirpe que desafía la bosta de un mercado hipotecario que se anuncia como fértil abono. Un taimado grupúsculo diseñando abalorios de nuevo rezo que quemando sus viejas casullas, reniega el institucional óbolo que garantiza la pobreza. Un detener sistemático de alguna parte del pequeño flujo de valor que escapado del prohibido torrente marcando la frontera de los espejismos, inevitable pasa por las manos, como bosquejo de poder agazapado que paciente espera su momento, repasando a la vez las historias de una piel que se narra en la comprensión de todos los caminos. Abrumador silencio del retiro consciente, espacio para reconstrucción del tiempo y, por qué no, para respirar también, por segunda vez, el verdadero aroma de los vientos. Los inesperados frutos de un reciclaje que se asume descifrado, pero que en la sorpresa guarda las columnas de un proceder que se armoniza escapando la singularidad que desapercibida se ha ido tragando, casi todo lo innecesario.
