Luz y materia

Todo lo que nace muere, pero no se esfuma en la nada, a menos que se encuentre con su antimateria, lo cual es poco probable y aun así, se convertiría en luz, en energía pura la cual, bajo adecuadas circunstancias, como en el principio de nuestro universo, volvería a convertirse en materia y, siendo la información dentro un átomo, o hasta dentro de un fotón virtualmente infinita, no hay porque dudar que algo, si no bastante, quizá todo, de lo que fuimos y somos permanezca, muy probablemente para siempre, o al menos por un tiempo largo en extremo. El reflejo de nuestro comportamiento que a diario descubrimos en todo lo que nos rodea es evidencia clara de esta permanente herencia, junto con la insistencia de un legendario rescoldo que promueve continuidad en la estirpe que desafía la bosta de un mercado hipotecario que se anuncia como fértil abono. Un taimado grupúsculo diseñando abalorios de nuevo rezo que quemando sus viejas casullas, reniega el institucional óbolo que garantiza la pobreza. Un detener sistemático de alguna parte del pequeño flujo de valor que escapado del prohibido torrente marcando la frontera de los espejismos, inevitable pasa por las manos, como bosquejo de poder agazapado que paciente espera su momento, repasando a la vez las historias de una piel que se narra en la comprensión de todos los caminos. Abrumador silencio del retiro consciente, espacio para reconstrucción del tiempo y, por qué no, para respirar también, por segunda vez, el verdadero aroma de los vientos. Los inesperados frutos de un reciclaje que se asume descifrado, pero que en la sorpresa guarda las columnas de un proceder que se armoniza escapando la singularidad que desapercibida se ha ido tragando, casi todo lo innecesario.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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