Friné,

bajo la reforzada sandalia del gladiador, elevada en firmes ataduras que terminaban cubiertas por la armadura que protegía la pierna presionada firme sobre su nuca, intentaba levantar el rostro del polvoriento suelo, con ojos que buscaban desesperados encontrar los del emperador. El soberano, con su puño cerrado al final de un extendido brazo, examinaba a diestra y siniestra el juicio del pueblo. La mayoría, como era la costumbre, pues a eso iban al coliseo, orientaban de forma indudable su pulgar hacia abajo, en espera de influenciar la decisión final en favor de la más sangrienta de las decapitaciones. Muchos en la audiencia preferían postergar su juicio, observando con ansias y detenimiento al emperador, en espera del movimiento que con claridad les indicara el proceder de la imitación. La rapidez era clave en estos casos, pues el deseo de los indecisos era aparentar que de antemano fueron capaces de descifrar la mente del César.

Luchadora de fuertes brazos y piernas que le permitían pasar por varón en la batalla, Friné logra que su expuesta mejilla capture la atención del gladiador que la aprisionaba contra el suelo, y que ahora sorprendido por la perfección relajaba su pierna, dándole así la oportunidad de escapar y ponerse en pie. Un manto de silencio cayó sobre la multidad que jamás había presenciado tal acción, seguido de un murmullo que pretendía descifrar las razones detrás de un guerrero que estupefacto permitía al esclavo liberarse de su yugo.

Friné, alzada y firme frente al emperador, haciendo de sus golpes y heridas medallas de honor que sangrando escribían gloria sobre su cuerpo, mantenía la retadora mirada que tomó por sorpresa y desmantelaba la crueldad de todos, en especial la del César, descorre el sucio y despedazado manto que apenas cubría su pecho, mostrando a todos lo que resultó ser un hermoso par de senos de mujer. Una inmaculada y suculenta pareja que con blancura de capa real resaltaba los contornos rosados y definidos de sus pezones, los cuales se complementaban ahora con la más completa y atrevida desnudez que la esclava, indudable mujer ahora para todos, hacía de los ojos del emperador flechas cementadas de fijo mirar, en lo que su corazón le confirmaba era la mujer más bella que el imperio halla nunca visto. Su mente de estadista consciente de la institución histórica en ese instante entendió que Roma por fin podía aspirar a igualar, quizá superar, la memoria de la gran Helena de Troya.

Los rostros de la audiencia se convirtieron en un catálogo que agrupada la variedad de expresiones frente a lo súbito de una deslumbrante sensualidad. Una sociedad que aunque romana de la antigüedad, bien podría ser la nuestra, en una fotografía instantánea que celosamente guarda la continuidad del carácter humano a través de los tiempos. El anciano forjado en los valores de otra época más recatada, abría grandes sus ojos mientras con los dedos tapaba la apertura de su boca, escandalizado y lamentando el declive del mundo que pronto dejaría, convencido de que el cáncer de la impunidad no tardaría en destruir el recuerdo de la gran ciudad. Una moral que era capaz de ofenderse frente al atrevido desnudo público de una mujer, sin siquiera considerar la contradicción que encerraban unos minutos recién pasados, donde esperaba con emoción el baño de sangre que endurecería coagulada la arena.

Un hombre de edad media, que en su porte revelaba su acomodada posición social, mantenía una leve sonrisa congelada en el tiempo, acompañada por unos ojos que examinaban con detalle la escena, como quien ocupado en memorizar la pretendida naturalidad de aquella esbelta curvatura, planeara usarla luego en la cama con una esposa que desde hace varios años había dejado de desear. La confianza de un engaño que se devuelve insospechado con otro, cuando la esposa consciente de la fantasiosa fuente, aprovechaba el disfrute de placer que representaba el último beneficio que podía arrancarle al hombre que despreciaba.

Los pulgares de los ciudadanos apuntando hacia el sur desaparecieron casi por unanimidad, como si entendiendo lo que el emperor pronto haría. Un magnánimo pulgar alzado perdonando la vida, junto a los estruendosos gritos que inundaron el coliseo, para la beldad que terminó inspirando como modelo, las futuras e inmortales estatuas dedicadas a afrodita.

Imágenes:

Jean-Léon Gérôme (1824–1904)
Pollice Verso (Thumbs Down) (1872).
Oil on canvas, height 96.5 cm (37.9 in).
Phoenix Art Museum, Arizona

Jean-Léon Gérôme (1824–1904)
Phryne before the Areopagus (1861).
Oil on canvas, 80.5 cm × 128 cm (31.7 in × 50 in). Kunsthalle, Hamburg

The Kaufmann Head,
a Roman copy of the Aphrodite of Knidos, for which Phryne is said to have been the model, in the Musée du Louvre

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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