Casi olvidado

Una zigzagueante veleta añadía al desconcierto, cuando sobre el escarpado terreno ponderábamos hacia donde ir. Alborotados los pájaros, recipientes de premoniciones certeras, provocaban una extendida consternación, cuando para apaciguar los temores se me ocurre decir que todo saldrá bien. El rictus que me regaló el guía sellaba el colectivo pavor. Así agarró la escopeta que colgaba de la armella y con lóbrega expresión nos hizo señal de seguirlo. Era una de esas situaciones en donde lo desconfiable se aislaba como la mejor alternativa. Yo recogí una ganzúa que vi en el suelo, por si las moscas, y todos nos embarcamos en la aventura de tener que ir, con temor y curiosidad, hacia lo desconocido. Lo que bautizamos como camino principal estaba repleto de ramales, haciendo de la indecisión una constante; reto para unos, insoportable monserga para otros. Escuálidos árboles de otoño se esparcían por las veredas, oscuros, hasta que el inesperado relámpago los ilumina en la distancia, haciéndolos cimbrar al unísono con su retumbe. Un escenario que dibujaba a Transilvania en la conciencia de unas lecturas que debieron permanecer tan solo en la literatura. La casona de la que partimos iba quedando atrás, poco a poco cubierta por las sombras, como un lenguaje de barrio que irremediablemente se extinguía, asentándonos en un medio movible que perdía su origen, sin poder ver nada en la dirección en que íbamos, la definición más puro del limbo. Caminamos así por lo que pareció varias horas y, aunque suficientes para que ya fuera amaneciendo, no éramos capaces de avistar un horizonte del que comenzara a destellar el sol. Hambrientos rebuscamos en las mochilas, en donde algunas gallegas y una última botella de agua se obligaron a ser suficientes. Sin embargo, la no mencionada desesperación de no hallar salida pronto, lectura mutua que todos hicimos en los ojos de los otros, comenzó a escalar por los mortecinos pensares. Una historia que nadie documentó y que solo se cuenta con las especulaciones de los que hallaron nuestros huesos, muchos años después, durante las excavaciones que preparaban la construcción de una urbanización que nunca se terminó. Hubo funerales y las familias suelen decir que esto les dio un sentido de paz, pues ya no vivían esperando frente a sus ventanas, ni con los oídos alertas hacia la puerta de entrada. Pero tranquilidad fue lo menos que tuvo la familia del guía —del cual nunca se hallaron sus restos—, gastando el resto de sus días en evitar mirar los vidrios de un paisaje que amenazaba perder su limpieza, y con los oídos tapados por temor a una puerta que ansiaba ser tocada.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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