The silver lining

Fui por primera vez a Nueva York siendo estudiante en México. Tenia 25 años. Una memoria que venía cargando oculta desde la niñez resurgió con fuerza, inesperada, cuando puse pie en la ciudad. La hermana de mi abuela y su esposo, que vivían en Nueva York, venían de vacaciones a La Isla cada cierto número de años y siempre iban a visitarla. En una de esas que coincidió con mi presencia de niño que pasaba algunas vacaciones escolares y fines de semana con ella, su hermana con su esposo conversaban en la sala, mientras yo jugaba en el suelo. De seguro tendría menos de 10 años, pero recuerdo claramente al esposo de la hermana de mi abuela lamentarse de que al día siguiente abandonarían de nuevo su país, de regreso a Nueva York, recordando la última vez que pasaron por tan amargo pesar de montarse en el avión, dejando atrás su soleada patria y, mientras el avión se iba acercando a su destino, todo poco a poco se fue poniendo más oscuro, hasta que en la gran ciudad les esperaba un tiempo como de cenizas. Más de quince años después fue exactamente lo que sentí, junto al recuerdo de la anécdota, cuando por primera vez me vi entre los grandes edificios de la gran manzana que, a pesar de estar en pleno verano, pintaban unas sombras grises y frías sobre todas las calles y sus aceras. Un escurridizo apretón que se metía por entre las rendijas del corazón, provocando un terror que volví a sentir, algunos dos años después, cuando inesperadamente me vi en Boston, ciudad en la que viví por 30 años. Los primeros dos o tres años en Massachusetts fueron la repetición de todas las posibles variantes de ese dolor. Pero el destino y la situación parecían confabulados en hacerme permanecer en ese lugar. Así, con la conciencia de que el asunto iba para largo, me fui sintiendo más calmado y a gusto con lo que la ciudad tenía para ofrecer. La lista de beneficios y bonanzas que tres décadas pueden acumular es demasiado larga para aquí dictarla. Pero lo que sí puedo decir es que, sin negar lo duro que es vivir en el extranjero, descubrir que todos los rincones del mundo tienen a los humanos en común es refrescante. Suficiente para comenzar a desatender una pena que no se puede cargar toda la vida; en especial cuando todas las bellezas del planeta y su gente, incluyendo sus luchas y aspiraciones, se repiten por doquier, con la añadida ventaja de que los tonos y ángulos novedosos que ofrecen las diferentes tradiciones no hacen sino ampliar el entendimiento que se puede tener sobre el mundo y sus cosas. De más estaría decir que la experiencia de la internacionalidad que me ha permitido aprender diferentes idiomas, leer sus literaturas, celebrar las más variadas costumbres y probar los innumerables exquisitos sabores terminó siendo de lo mejor que me ha pasado. Los norteamericanos le llaman a eso “the silver lining.”

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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