
Mientras limpiaba la cauda de yerba procesada que iba dejando mi cabra, meditaba sobre el agreste paisaje en que había decidido construir nuestra casa, y en ella, mi biblioteca. Un edificio que es poco común por los alrededores y que para los que lo logran, señal irrefutable de capital extranjero, pues no hay manera posible de erigir tal estructura por estos lugares, sobre las finanzas que produce el cultivo de arroz o la venta de vegetales, o ninguna otra industria local, a menos que se vincule con la participación política.
No hace mucho sentido la limpieza a la que hoy me dedico, pues parte del arreglo de criar animales es el rico abono natural que van dejando. A muchos les puede parecer asqueroso, pero los chiles y berenjenas que crecen en esas heces son de un sabor y calidad insuperable, en una bella naturaleza que le enseñó a la planta a filtrar toda inmundicia y convertirla en medicina para la vida. Pero era una ocasión especial, pues en la tarde vienen familiares y amigos a celebrar juntos y, con un terreno y paisaje tan hermosos a nuestra disposición, a nadie le parecería prudente compartir en el interior de la casa. Además, una vez va cayendo la noche y los espíritus andan alegres por la camaradería y el licor, la falta de contaminación ambiental, combinada con el esparcido alumbrado, hacen del espectáculo de planetas, estrellas, satélites, meteoritos y el rarísimo cometa con su hipnotizante cola —algo similar a la que ahora recojo tras las cabras—, un despliegue digno de admiración.
Siempre pienso en los antiguos que veían semejante escenario y aprendían desde muy temprano a usarlo como texto de orientación y construcción de leyendas. Por ello me sorprendió sobremanera la primera vez que lo vi aquí, rodeado de miembros del vecindario, donde ninguna observación ni comentario parecían complementar el alucinante despliegue de la Vía Láctea. He tenido que ser yo, con mis universidades y libros urbanos, el que venga a explicarles, rodeado de embobados rostros tanto adultos como niños, como diferenciar entre un planeta y una estrella, la composición de la constelación de Orión y su interesante Betelgeuse, el cual está a punto de reventar en supernova, o sea, en cualquier instante entre ahora y 10,000 años más, no sin aprovechar para hablar de las distancias y de la trayectoria de la luz, la cual hace todo lo que vemos un asunto del pasado. Fue de las primeras señales que evidenciaban para mí, la total ruptura que había impuesto la modernidad en el conocimiento y espíritu de las poblaciones que aun vivían atadas a la tierra. Un robo de proporciones mayores que, por supuesto, pretendía condenar a los usurpados a la perenne pobreza. Pero esto por suerte no es una apuesta segura, pues la otra noche me llama entusiasmado el vecino para que saliera a unirme a el y a sus hijos, admirándose por lo brillante que se veían hoy la Luna junto a Venus.
