Unidas todas

Todos los primos tenían su espacio en el troje que heredaran de sus padres. Por supuesto no las primas, pues la tradición prevalecía sobre todas las cosas. Nada había cambiado los niveles de pobreza. Si acaso se acrecentaban con las divisiones de lo que antes eran espacios mucho mayores. Tampoco había cambiado la creencia del salto económico y social que implicaba el pedacito heredado. Una de las primas que se atrevió a cuestionar el reparto fue forzada a mudarse, y hasta el día de hoy no se sabe en qué lejana provincia andará, ni si viva está. Nadie pregunta por temor de que su mención la haga reaparecer con un abogado —quién sabe si halló marido rico—, aunque existe la historia de la familia Suárez que según cuentan, desapareció al último leguleyo que vino por el barrio con reclamos.

El sector lo divide un río suficientemente caudaloso, como para tragarse a las vacas que se sueltan de la soga. Con suerte puede que se hallen varios poblados rio abajo. Si los dueños tienen esa bendición, quizá la logren vender por kilos y recuperar algo de la pérdida, pero nadie paga bien por esa carne, pues dicen que la vaca estaba muerta. Esto hace que la noticia de algún cuerpo de abogacía desollado que aparezca, por no tener venta, nadie la mencione. Todo esto hacía confiar a los primos de que las primas jamás superarían su fama de timoratas, descuidándose al no pensar que todo el tiempo que pasaban lavando ropa juntas en río, entre una y otra vaca que pasaba flotando, también se discutía la posibilidad de cambiar las cosas. Algunas tenían puesto de verdulera en el mercado. No que dejara dinero y que como siempre, apenas daba para sobrevivir. Pero en un lugar donde nadie tiene nada, el uno que otro pesito ocasional te pone en la lista de los que deben ser odservados para poder abrirle las puertas y pedirle la bendición, dependiendo de la edad.

Apuñalando el silencio que prologaba lo inevitable, Mariana dice a las demás que ya hemos ahorrado bastante, así que va siendo hora de que nos pongamos las pilas y hagamos lo que siempre hemos planeado hacer. Un silencio de cementerio calló así, sin más ni más sobre el barrio y ya, luego de varios meses de incredulidades y despechos, cansados primero de ponerse los mismo pantalones por semanas y la imposibilidad de convencer a los hombres que ya que ellas no estaban, porqué no andar desnudos, un valiente arranco hacia río con el canasto de ropa sucia y mientras lavaba, los que atónitos observaban veían como todas las vacas, en inexplicable solidaridad femenina, se había alineado a la orilla de la fuerte corriente, como si listas para lanzarse, haciendo que los espectadores no tuvieron más remedio que, aunque fuese de uno en uno unirsele, y lavar también la suya. Un reverso inesperado en el comienzo de una nueva tradición, si es que querían detener los veloces rumores de maldición, y que sus tierras, que eran sus vidas, aun tuviesen algún valor.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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