
En el siglo XV el rey de Sulu navegó con una comitiva de más de 300 personas hasta la China, para rendir tributo al emperador, llevando productos exóticos que incluían perlas y el más preciado de los arroces. En su viaje de regreso enfermó y murió, estando aun en territorio imperial. Al enterarse el soberano, ordenó que se atendieran los más alto honores y se sepultara al rey de la manera más respetuosa y apropiada, construyendo así un hermoso mausoleo. La gran mayoría de los viajeros, luego de las ceremonias, retomaron su regreso a casa, incluyendo el hijo mayor del rey que a su llegada reclamaría el trono. Sin embargo, su madre y demás hermanos, junto con los correspondientes ayudantes, permanecieron en la China para asegurar el correcto mantenimiento de un luto que debería durar tres años; luego de los cuales, al volver a Sulu, se aseguraron de preservar la memoria del rey. Un campesino del presente siglo en Las Filipinas morirá sin saberse descendiente de cultivadores de exquisitas perlas y arroz del siglo XV, que también murieron en la pobreza, olvidados y sin conocer hoy dónde están sus tumbas; así como le sucedió a Mozart y a Alejandro, de los cuales sin embargo hoy sabemos, sus nombres y sus historias.
