
Condenados al regreso constante del mesías, ineptos en el intento de zapatearnos eones de evolución que apostaron a la jerarquización, tentados siempre por la aceptación de que así son las cosas y no hay nada que se pueda hacer o, hasta ahora ha funcionado bastante bien, pues mire hasta donde hemos llegado, ha sido fácil olvidar que la cooperación es también una estrategia que ha corrido paralela al egoísmo a través de toda nuestra historia y, si no fuera por el balance que provee, el desemboque de la acumulación de riquezas y poder nos hubiera ya destruido. Los multimillonarios no piensan así. Estos entienden que con lo que han logrado tienen lo suficiente para sobrevivir cualquier catástrofe, sea aquí o en otro planeta. Difícil decir cuál de las dos alternativas es la más ilusa, pues qué harán los ricos cuando miren para el lado y descubran que en el planeta solo quedan ricos y, por el otro lado, los retos de vivir en otra parte del universo son tan inmensos que, confiar en la rapidez con que se tiende a pensar que la tecnología avanza sería fantasioso, pues tendría que equiparar billones de años de adaptación en un plazo bien corto, y aunque lo lograda a tiempo, de nuevo, qué harán los humanos en otro planeta cuando miren para el lado y descubran que todos son ricos. Alguien será capaz de argumentar que de haber llegado a tanta riqueza y avance en el control de la materia, habrá suficientes recursos para todos, lo cual implica una exuberante magia que de momento aprendió a hacer lo que antes no pudo, esto es, cooperar para que todos tengan, en un sistema de equitativa distribución, donde, de manera también mágica, ha desaparecido la ambición y la sospecha hacia el otro, pues, qué garantiza que lo que se halla logrado no será deseado bajo control, en caso de que el nuevo planeta explote. La victoria de la visión de corto plazo es difícil de evitar, pues anda atada a la brevedad de la vida individual, que no es para nada la vida, la cual continúa mucho después de que no estemos. Tener hijos es un impulso que nos mueve hacia la planificación futura, pues vivir para nosotros en detrimento de ellos, es un peso demasiado oneroso, aun cuando haya quienes pretenden que no pesa tanto. Pero por supuesto que tampoco es garantía cuando se entiende que los multimillonarios también tienen hijos, siendo precisamente en la aceptación de este pensar más allá de ellos mismos, que acumulan en exageración para asegurar la continuidad de su clan. El concepto de la nación llegó así para dividir los grupos que pretendían defenderse contra los enemigos y, a la vez, desestimó la idea de la humanidad completa como el clan a proteger. La diferencia se convierte entonces en razón suficiente para el odio que se basa en la desconfianza de que el otro siempre me quiere matar. Matar entonces es la solución aceptada para evitar la muerte. Un embeleco ideológico del cual solo la mente es capaz. Como también es capaz de saber, por experiencia milenaria, que la aceptación y el amor son nuestras mejores opciones y, pensarlo como una irrealizable utopía es jocoso y deplorable a la vez, pues es el sueño de lo imposible lo que hoy sostiene la esencia de nuestro vil proceder.
