Pronunciaciones

Tengo una creciente lista de autores leídos de los que no sé pronunciar el nombre. Esas cosas no me pasaban antes, cuando tenía con quien discutir lecturas. Y no es que no las comparta hoy, sino que al hacerlo casi exclusivamente por escrito, desaparece el beneficio de comparar formas de decir con otros. No me molesta tanto, pues lo emocionante son las ideas de los innombrables autores. Pero ahora parece que mi reserva intelectual de escritores, aun como dije, creciente, se divide en dos campos, esto es, por un lado los que de joven discutía con mis amigos que, aunque siendo escritores extranjeros, el acuerdo en la manera de decirlo, aunque fuese errónea, según descubrí con los años que era en algunos casos, nos daba una buena referencia común y, por el otro, los que puedo escribir sin estar seguro de cómo suenan. Mas esto de poder escribirlos correctamente es también engañoso, pues al no tener que pronunciarlos, en especial si son franceses, alemanes, rusos o cualquier otra cosa que no sea español o inglés, me provoca poner poca atención en su deletreo. Más bien los identifico como imagen visual. Algo así como el rostro de una persona que alguna vez vi y recuerdo al volverla a ver, pero que sería incapaz de dibujar, excepto a grandes y burdos rasgos. La facilidad del “copy / paste” que hoy se hace con los dedos sobre una pantalla, no aporta mucho a la necedidad de tener que aprenderlos con rigurosidad y, como si fuera poco, si recuerdo como más o menos se escriben y así lo hago, el aparato que tengo en mis manos se encarga de corregirlo o, en el peor de los casos darme una corta lista de posibilidades, entre las cuales, como el conocido rostro entre la multitud del que hababla, me lleva a identificarlo en la inmensa mayoría de las situaciones. Sé que es tentador irse por la vía de una diatriba de los daños que hace la presente tecnología en la capacidad de memorizar que parece estar constantemente en deterioro. Sin embargo, no sin mencionar que desde que Homero escribió La Ilíada, el proceso de memorizar ha estado bajo incesante ataque, el tiempo que la nueva falta de preocupación me regala, invariablemente lo uso para leer más y ejercitar la reflexión intensa de lo que leí y me movió, de ese nuevo autor que apenas puedo pronunciar.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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