Inagotable marginalia

Inagotable marginalia

Nadie tiene certeza del buen proceder, y quien diga lo contrario se engaña a sí mismo, intentando engañar a los demás. Así abre el canon de los diálogos de Platón, según establecido por el alejandrino Trasilo de Mendes, donde Sócrates le demuestra a Eutifrón que ni siquiera apelar a las autoridades divinas como recurso para la certitud es válido, pues los dioses mismos no parecen estar exentos de celos y contiendas, con una diversidad cambiante de opiniones sobre el correcto deber. Algo que ni siquiera el posterior monoteísmo ha podido resolver y que desde un inicio, ante la confusión humana de las razones divinas, el libro de Job, el más antiguo de la biblia, nos lanza hacia la imposibilidad de conocer la mente de dios. Así quedamos entonces los terrestres, desprovistos de un infalible modelo o referencia al que poder apelar, libres e inseguros para decidir entre lo noble y la maldad. Una problemática que se encuentra en la raíz de toda reflexión ontológica o epistemológica y que no en vano se ha dicho y citado hasta la saciedad, que todo el pensamiento filosófico de los pasados 23 siglos, no es más que notas al calce de los textos de Platón.

Desde el mismo comienzo conocemos a un Sócrates empeñado en escudriñar y sistematizar los principios que ayudarían a los ciudadanos a regir su comportamiento, siendo la insistente pregunta que agota, buscando eliminar todas las posibles fisuras y contradicciones de lo propuesto, el método ideal. Una estrategia que con frecuencia lo lleva a dudar de lo establecido como correcto, en una trayectoria que por necesidad, tarde o temprano, lo pondría en peligrosa oposición con un estado y sus leyes que encuentra en la clara definición, la base para el ejercicio de su justicia. La inauguración de que la prueba que muestra que en realidad se practica filosofía, esto es, pensar sin las trabas de la convenida tradición tomada como buena, está en la acumulación de enemigos dentro de las filas de las inviolables costumbres y tradiciones que frecuentemente reaccionan para defenderlas.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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