Inconcebible aroma

Sobrecogido de inevitable terror, sentía en su pecho los palpitantes golpes que se acercaban, acompañados por el rechinar de una madera que su padre, el de paso firme, jamás se había ocupado de reparar.

Intentaba reconstruir los eventos que lo llevaron a la encerrona en donde ahora, acompañado solo de recuerdos, esperaba el desenlace final de lo que comenzó no hace algunas horas, como ahora se daba cuenta, sino desde el más temprano de sus recuerdos, cuando la hermosura de su madre le pareció imprescindible a su respirar.

La historia era mucho más que la que los escribas del emperador que lo engendró pretendía documentar. Un inmenso mundo que pasado los muros del palacio se expendía por valles, montañas y desiertos, donde setencientas lenguas se usaban para venerar a los dioses y discutir la naturaleza de las cosas y el correcto proceder. Por ello el nido que había hallado para su angustia, el pequeño espacio con paredes de palabras donde combinaba y recombinaba las leyendas que los comodines, conspiradores naturales del castillo, le contaban rescatadas desde todos los confines del dominio, era ahora también su último refugio contra las consecuencias de unas acciones que con su arduo respirar, lo asechaban.

Pensó que su talento de historias sería quizá su fuente para sacarlo de este atolladero, pero tuvo que admitir que quien se acercaba conocía todo sobre las palabras, en especial su capacidad de seducir al que las escucha dentro del artificio del que las confecciona. Así pensó que el silencio, lo que precisamente nadie esperaba de él, era su mejor apuesta, la ventaja de la sorpresa.

Por largo tiempo luego de permanecer encarcelado estuvo callado y al principio lo tomó como victoria. El tiempo y la quietud que le regalaban, sin esperar nada a cambio, le pareció una inteligente trampa en la que había engatusado a su peeseguidor, permitiéndolo usar de mil innovadoras maneras las herramientas que guardaba dentro de su cabeza. Pero el tiempo es mañoso y el mucho tiempo mucho más. Así fue como se fue perdiendo en un mundo sin contexto, a la vez que producía una excelente crónica que fue armando con pedacitos, capaz de capturar lo impensable, pero sin nadie en posición de apreciar.

Su presente fue entonces como la metáfora misma de su era. Una alucinante visión de las fortunas que se desarrollará en contraposición con la oficial y que, como el reino del cual era heredero y que vio desmoronarse frente a la ira de su implacable soberano, para así poder construir la hermosa herencia de la que nadie se enteró, permaneciendo sepultada en el oblívio, en espera de los lejanos desenterrados que adquirirán la fama al revelar los olores, de lo que nunca se pensó pudiese haber sido.

Published by ricardoavega

Ricardo A. Vega nace un 27 de noviembre de 1960 y fueron vecinos en Santurce, Puerto Rico, los obligados a escuchar sus primeras opiniones sobre el mundo y la vida, lloradas a viva voz. Veintiún años después y, entretenido por marchas y piquetes en el recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, a duras penas logra acumular tres años de bachillerato en la facultad de Ciencias Naturales, cuando decide aventurar estudios teológicos en Brasil y México. Luego de un corto regreso a La Isla y con 26 años de edad, se aventura en un exilio que lo lleva hacia la ciudad de Boston en los Estados Unidos, terminando su bachillerato en ciencias en la Universidad de Harvard y luego concluir su maestría en educación en la Universidad de Massachusetts. Vive más de la mitad de su vida en los fríos invernales del noreste norteamericano para, luego de 25 años como educador, retirarse con esposa e hijos a Las Filipinas, desde donde ahora escribe.

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