
Alrededor de los cinco años contraje la enfermedad de la memoria. Nadie prestó atención entonces, pues los síntomas eran muy leves y esparcidos por semanas de momentos en continua desaparición. Pero con los años la situación se fue agravando, trozos desconectados al principio de canciones que se iban haciendo historia, hasta un presente que con facilidad consideraría sus manifestaciones una gravedad. He oído de personas de edad avanzada que logran curarse, en un olvido que toma a sus familiares por sorpresa, hundiéndolos en una pesada tristeza de la cual desearían escapar. Todos menos el olvidadizo, que regresando a una inocencia de permanente sonrisa y asombro, es el único que ha logrado zafarse de una creciente pesadilla que de muy joven también lo agarró desapercibido, para luego terminar determinando todas sus acciones y pensar. Un virus corrosivo que toma poder de todo lo que un individuo es, para moldearlo dentro de los parámetros de lo que fue. Muchos son los héroes de una existencia que insisten en menospreciar el pasado de otros, como quien ofrece pautas para que olvidemos el suyo. Pero la dispersión de la pandemia es tal, que ha logrado hacer que se construyan instituciones como las escuelas, e instrumentos como el libro que justifican, dentro de toda una sólida ética de la importancia, en preservar los estragos de la memoria con la irónica idea de que sin esta estaríamos perdidos, condenados dicen, a repetir viejos errores. Pero qué valor puede haber, pregunto yo, en evitar unos ritos naturales que basan su salud y crecimiento en la repetición. ¿Acaso no sale el sol todos los días o respiramos sin parar desde el nacer hasta que — significativo decir — nuestro último aliento? ¿Qué sería de la belleza matutina si solo se aprendiera de ella en la universidad o de las posibilidades de existir si para respirar hubiese que descubrirlo primero en un texto escrito? ¿No se inunda acaso la sorpresa del amor de dudas, cuando una iluminante belleza nos hace detener la aventura con la memoria de dolores pasados? Suerte que la llama de la rebeldía aun no se apaga totalmente en nosotros, insistiendo besar nuevamente lo amado, descartando por completo el hecho de ya haberlo hecho antes. Organismos que en su ritmo natural se dispersan al morir, asegurando que el próximo rearreglo de nuestros átomos no guarde memoria alguna de lo vivido, excepto los ciclos de repetición que nos vuelvan a ofrecer el éxtasis de experimentarlo todo de nuevo. He vivido en lugares por muchos años, hasta llegarlos a conocer como si fuesen mis propias manos, preparando el escenario para la tristeza y la tediosa angustia del aburrimiento, hasta que un nuevo amor o los primeros pasos de mi pequeño hijo me hacen recorrer con ellos todos los “viejos” caminos que con la repetición, convierten ellos en aventuras tan renovadas que es como verlas por la primera vez. Abogo así por el olvido de permitirme aceptar cada humano con la curiosa posibilidad de lo desconocido, la flor en un renovado mirar que no asume pero indaga, y tus facciones en nuestra cama, tan conocidas y tan novedosas, como la primera vez que inmediatamente supe.
